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El otro Gabriel de la Navidad (Lc 2, 1-20)

No son mías. Ni estas ovejas que cuento para poder dormir, ni esas estrellas que cuento para poder soñar. A mí no me tocó la parte de la vida en la que uno tiene, sino esa otra en la que uno cuida lo que tienen otros. Por aquí la única alegría es mantenerse rodeado de animales – que siempre se sabe cómo son – porque cuando hay que ir al pueblo a rodearse de personas, ni me miran, ni me escuchan, y éstas manos hace rato no saben lo que es un saludo porque a nosotros la impureza no nos la quitan ni bañándonos siete veces en el Jordán. Ese era su libreto, su consigna, que repetía una y otra vez para intentar justificar su insatisfacción, su sequedad. Pastor como su padre, como el padre de su padre y como todos esos ancestros de los que no sabremos nunca el nombre y que pasaron su vida entre ovejas y cabritos, Gabriel no era lo que podríamos llamar un hombre amargado, era más bien un hombre incompleto. O más precisamente, un hombre con una profunda sensación de incompletitud, una que ni K...