Despertó en el preciso momento en el que el fuego consumía la última gota de aceite en la lámpara, así que solo alcanzó a ver como la sombra que ascendía iba borrando todos los detalles de aquella desconocida morada en la que se encontraba. Acostado, inmóvil, apenas le alcanzaban las fuerzas para reclamarle un poco de aire a la habitación, que se lo entregaba cargado de antiguas esencias que reconocía bien, pues eran los mismos aromas de los ungüentos y aceites que usaba su madre en la vieja casa de Tarso, cuando de pequeño llegaba raspado o golpeado tras una jornada de jugar con los hijos del rabino Abel, que no solo eran mucho más grandes que él, sino que tenían mucho menos cuidado de lo que enseñaban los mayores sobre el trato a los demás. No fueron pocas las heridas que le fueron curadas con esos mismos óleos, solo que ahora no sabía quién ni cómo se los había puesto. Los ojos suelen tomarse un tiempo antes de poder distinguir las formas en la oscuridad, que en muy pocos casos e...