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Mostrando entradas de abril, 2020

La última Carta de don Gregorio (Lc 15, 11-32)

Setenta y cuatro cartas escribió a su hijo Mario el Señor Gregorio Aponte durante los dos años en los que no tuvo contacto con él. Cada carta tenía el mismo comienzo y el mismo final. Cada carta estaba igualmente interrumpida en algunos trozos, por las gotas de llanto que le era inevitable dejar escapar y que terminaban secándose sobre el papel, convirtiendo la hoja plana en una especie de geografía del dolor y del amor, con pequeños montes en los que las letras se volvían ligeramente borrosas o parcialmente más grandes que en los espacios de la hoja en los que las palabras no habían tenido la suerte de ser escritas con algo más que tinta. Setenta y cuatro cartas habían sido el último recurso para tratar de tocar en la distancia a ese pedazo de sí mismo que le huía, a esa otra vida que se le escapó de las manos como a tantos padres, como a todos los padres, porque ser padre es crear la cercanía suficiente con los hijos, dándoles cada cosa que les haga crecer y hacerse grandes, de mane...

Jacobo (Santiago) duerme sobre una Piedra (Jn 13 / Gn 18, 10-19 . 32, 22-31)

El último hombre en cruzar la puerta de la habitación en la que todos los demás ya estaban sentados fue Santiago, traía la mano derecha ensangrentada por una leve cortada que le habían hecho con un puñal a unas cuantas calles de ahí. Llegó corriendo, sudando, agitado, le tomó unos minutos recuperar el aliento y el ritmo corporal para poder hablar y contar lo que había sucedido. María su madre y Salomé corrieron a traer agua y aceite para limpiar la herida y calmar el dolor, mientras que los demás lo miraban con impaciencia esperando el momento en que empezara a contar lo que le había sucedido. Las mujeres bañaban su mano cuando empezó a decirles que en cuanto vio que se acercaba el atardecer se despidió de sus tíos y primos, con los que se había encontrado a la salida del templo y que habían subido a Jerusalén para celebrar la pascua. Un grupo de sus primos, 3 que rondaban los 30 años actuaban un poco extraño, miraban sospechosamente a su alrededor a cada instante y tenían el color de ...

Ahí está tu Corazón (Mc 10, 17-23)

Metió la llave despacio en la puerta, escuchando cada golpecito de las formas montañosas del metal contra los mecanismos de la cerradura, no porque no quisiera ser escuchado, como quien llega a su casa después del silencio de la noche y no quiere o no debe interrumpir el sueño de los que ya están dentro, sino precisamente por lo contrario, porque quería escuchar perfectamente cómo sonaba el proceso completo de abrir la puerta de par en par. Una vez la ranura había sido ocupada por completo, giró la muñeca con un seco placer de un solo golpe, y todos y cada uno de los espacios en sus pulmones se llenaron de un aire refrescante de orgullo, de satisfacción. Empujó la puerta sin aún mover ni un milímetro los pies y se quedó firme conquistando el espacio con su mirada. Apenas si tenía 25 años a punto de ser cumplidos y esta era la confirmación de que lo tenía todo. Era un martes, 8 de la noche, algunos de sus amigos y su novia le habían dicho que lo acompañarían en el momento en que fuera...

El más Amado de los Hermanos (Jn 19, 25-27 . 21, 1-25)

Desde lejos miró las cruces y sintió que se le oprimía el pecho, aún más que cuando su hermano se le sentaba encima y se movía bruscamente para demostrarle que por más peso o movimiento, las barcas de su padre no se hundían. Esta barca, en cambio, si parecía hundirse, y su capitán con ella. Jesús colgaba indefenso de un madero y agonizaba, y con sus últimos esfuerzos pedía a su Padre que no mirara a quienes le hacían esto porque todos estaban cegados de egoísmo y ninguno de ellos sabía lo que hacía. Ni él mismo sabía exactamente por qué había llegado a esconderse allí. Lo que recordaba bien era cómo había llegado, corriendo mientras se camuflaba entre la multitud desde la que alguien pareció reconocerlo como uno de los discípulos del hombre que precedía aquella turba histérica. ¡Corre! Escuchó, miró con atención y entre los hombres que empezaban a recoger piedras del suelo para lapidarlo vio los mismos ojos soñadores que encontró aquella mañana a orillas del lago de Galilea, esta vez a...

Los Gritos del Profeta (Jeremías)

“Ciento cincuenta pesos menos”. Abrí los ojos sorprendido y cuando quise preguntar, decidí mejor encoger los hombros, pagar, tomar el periódico y e irme para la cafetería en la que cada mañana nos encontramos con Raúl y Jeremías, a desayunar, leer la prensa y hablar durante horas sobre todos los temas de los que es posible hablar a estas alturas de la vida. Cuando llegué, Raúl ya estaba allí, tomándose un café oscuro y con los lentes puestos mirando fijamente el periódico. Entré, saludé a la empleada de la cafetería, me senté en frente de Raúl, él estiro la mano lentamente, distraído, más bien, concentrado en lo que estaba leyendo, y no dijo una sola palabra. Miré el titular del periódico que él sostenía en las manos y un frío punzante recorrió el centro de mi cuerpo, desde la punta de la cabeza hasta el final de la columna, tuve escalofrío y se erizaron todos los vellos de mis brazos. “No puede ser” fue lo único que pude decir. A nuestro amigo Jeremías Gil lo habrían detenido la no...