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La Viuda (Lc 7, 11-15)

El agua que llena el vaso ha recorrido varios kilómetros de distancia y se ha ido preparando en las entrañas de la tierra desde hace cientos de años. Todas las aguas al final vienen del cielo, o de entre la tierra. Son, como la vida, un regalo. En cuanto el agua entra en contacto con los labios, Alejandro abre los ojos, respira, bebe muy despacio, siente que el frío líquido que entra en su boca es un emocionado intruso que le regala todas las fuerzas para respirar. No respira para vivir, su vida está garantizada más allá del aire que entre o salga de sus pulmones, respira para poder hablar, y todos frente a él quieren que hable. Una mano temblorosa regresa el vaso al lavaplatos, camina despacio, en pleno estrés post-traumático, los ojos parecen ojos de ciego, fijos, perdidos, mirando hacia las cosas pero sin mirar las cosas, como quien intenta encontrar la figura escondida en un afiche en 3D. Mira al muchacho, siguen las manos temblando y empiezan a contagiar las muñecas, los brazo...