Metió la llave despacio en la puerta, escuchando cada golpecito de las formas montañosas del metal contra los mecanismos de la cerradura, no porque no quisiera ser escuchado, como quien llega a su casa después del silencio de la noche y no quiere o no debe interrumpir el sueño de los que ya están dentro, sino precisamente por lo contrario, porque quería escuchar perfectamente cómo sonaba el proceso completo de abrir la puerta de par en par. Una vez la ranura había sido ocupada por completo, giró la muñeca con un seco placer de un solo golpe, y todos y cada uno de los espacios en sus pulmones se llenaron de un aire refrescante de orgullo, de satisfacción. Empujó la puerta sin aún mover ni un milímetro los pies y se quedó firme conquistando el espacio con su mirada. Apenas si tenía 25 años a punto de ser cumplidos y esta era la confirmación de que lo tenía todo. Era un martes, 8 de la noche, algunos de sus amigos y su novia le habían dicho que lo acompañarían en el momento en que fuera...