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Orden Ejecutiva (Mc 4, 35-41)

El 31 de enero de 2026 Finda irá a misa por ser el día de santo de su amigo Bosco Arévalo, que no fue llamado así por el santo Juan, sino por el rudo personaje de 'Los Magníficos', pero nombre es nombre y día de santo es día de santo. Será la tercera o cuarta vez en sus veinticuatro años de existencia que sus rodillas se doblen en un templo de la religión católica, sin intención de devoción ni solemnidad, sino por el efecto acústico de la voz de su madre que le repite cada cierto tiempo en su cabeza que la mejor forma de evitar ser juzgado por extraños es imitándolos.

Lo que sí hará por devoción, como cada mañana desde que pise el improvisado campamento para sobrevivientes en Boca de Cupe, será la oración sunita de protección contra los enemigos, que no es necesariamente la que corresponde a la salida del sol pero es la que usó repetidas veces la primera vez que intentó salir de Sierra Leona, después de aquella temporada de mareas en las que el océano se tragó la mitad de Nyangai, la isla en la que nació y en la que casi no alcanzó a crecer. Estirará lentamente las mangas de su camisón para cubrir el dorso de las manos, las pondrá sobre el pecho y le repetirá 3 veces a Allah que sea su escudo y su defensa. 

Bosco estará de pie junto a la alambrada que separa las carpas de los varones de las carpas de las hembras (así les llaman los guardianes), con la cabeza a medio peinar y los lunares de sus brazos perdidos entre decenas de picaduras; esperándola una vez más y preguntándose si lo hace porque ella es el único ser vivo sobre el planeta por el cual ha valido la pena arriesgar la vida, o si lo hace porque ella ha sido el único ser vivo sobre el planeta que arriesgó su vida por él. Finda, por su parte y de camino a la capilla, se preguntará si lo que ha estado sintiendo por Bosco es enamoramiento o una especie de síndrome de supervivientes, un apretar el alma ajena como quien aprieta un amuleto.

Llegarán al campamento el seis de enero, veinticinco días antes de la solemnidad de San Juan Bosco, y diez días después de que drones del gobierno de los Estados Unidos bombardearan las embarcaciones en las que intentaban salir, serpenteando el río; de la espesa, perfecta y horrenda selva del Darién. Sí, eran barcas de traficantes, pero no de narcóticos, sino de seres sin aliento que habían visto todo lo que nunca un nacido en el mundo de los humanos debió haber visto. Ocho daños colaterales entre los que se encontrarán los conductores de las tres embarcaciones, apenas piraguas con motor, y tres sobrevivientes: Finda, africana, musulmana, que había sido liberada por dos de sus hermanos de una banda de explotación sexual en Túnez y habían logrado volar hasta Ecuador para intentar llegar a Canadá por medio de la ruta de coyotes de la vía Panamericana. Bosco, europeo, casado, que probó el kush en un viaje con amigos a Cabo Verde y perdió todas las llaves de todas las puertas de su vida en una adicción que lo tuvo varias veces al borde de la muerte en lugares imposibles de Liberia y Senegal. Viajó al amazonas a intentar sanarse en un ritual de Ayahuasca y terminó en Medellín, solo, sin sanarse y sin saber de su esposa hace 8 meses. Y Lucrecia, que podría tener 39 o 53, que podría ser colombiana, peruana o paraguaya, y que desde que salió de Turbo, Antioquia, una mañana de diciembre, sola y determinada a buscar el sueño americano o al menos el mexicano, nadie la habrá escuchado pronunciar la primera palabra ni el primer sonido.

- 'El Señor esté con vosotros'
- 'Y con tu espíritu'
- 'Lectura del Santo Evangelio según San Marcos'
Es la hermana Gabriela la que va a leer esa mañana. Una monja panameña que es la única representante del dios católico en muchos kilómetros a la redonda. Cuando se hizo monja nadie le dijo en el noviciado que una vocación podría consistir en recoger muertos del rio, rezar por ellos y darles sepultura con sus propias manos, pero así fue y seguirá siendo la suya. Leerá y aunque en el catolicismo una mujer nunca debe leer el evangelio en la liturgia, lo hará de nuevo porque el cura se excusará por no aparecer a tiempo ni a destiempo a presidir la misa y ella, como tantas otras mujeres en las tierras de los pobres, los que lloran, y los limpios de corazón, resolverá. Va a leer el evangelio del día, va a explicarlo de la forma más clara y sencilla que encuentre, va a abrir la caja de la reserva que guarda las hostias consagradas esperando que la humedad no las haya dañado, y las va a entregar a quienes quieran comulgar.

Finda empezará a temblar cuando escuche la historia de Jesús que se contará ese día, respirará con duda, apretará la mano de Bosco y verá su vida entera pasar frente a sus ojos, cosa que a Bosco le pasará antes, durante el bombardeo, pero para lo que ella no tendrá tiempo, pues se encargará de sí misma, de Bosco y de Lucrecia en medio del caos, el zarandeo de las aguas, las explosiones, y la mirada desesperada buscando a sus hermanos en algún rincón del río, que se los llevará muertos y anónimos. Ese día la iglesia propondrá la historia de aquella vez en que Jesús iba en otra barca, tambien sacudida y amenazada, iba dormido, y sus discípulos pensaban que iban a morir y que a Jesús no le importaba - como si uno dormido tuviera prioridades - así que lo despertaron y él dio órdenes al viento, a las olas, y todo se puso en calma. Marcos cuatro treintaycinco y siguientes. Palabra del Señor.

Finda de niña practicó las creencias Juju, luego se hizo sunita, mezcló como pudo en su mente las ideas de una cosa y de la otra, se aseguró de tener a la mano las palabras precisas para conjurar protección, y aunque cualquiera diría que no le sirvieron para nada, pues las aguas se tragaron a su isla, a su madre - que naufragó intentando llegar a Ceuta - y se tragará a sus hermanos; ella se sentía particularmente protegida. Aunque cualquiera pensaría que dios se había dormido cada vez que estaba en problemas, cuando la raptaron para venderla cada noche, cuando la lluvia alborotó las culebras en plena selva, o cuando le llueva plomo del cielo este veintiocho de diciembre, día de los santos inocentes; ella sentirá que todo el horror no habrá logrado vencerla, pues estará allí, de pie, junto a su recién estrenado amigo Bosco, ante la improbabilidad de la supervivencia. preguntándose por qué le importa tanto a ese dios que parece despertarse para hacerla su prioridad.

Esa noche se sentarán junto a un fuego improvisado, se contarán anécdotas mezclando palabras en inglés y en francés, responderán "Sí, quiero, dame" y "gracias" cuando en el campamento les ofrezcan la comida respectiva. Mirarán a Lucrecia inventando teorías sobre quien es y por qué cruzó la selva más inhóspita de la tierra. Y en algún momento Finda le preguntará a Bosco si cree que el hombre que da órdenes al viento y las olas les ayudó a salir con vida, y si no podía haber salvado tambien a su madre o a sus hermanos. Entonces Bosco le dirá que no puede saberlo con certeza, que jamás ha entendido la muerte, que conoce el odio y lo practicó, lo padeció por dentro, y que ha intentado apagarlo de tantas formas y con tal nivel de desesperación que si un día apareciera ese alguien capaz de apagar tormentas con su voz, no dudaría en hacer todo lo posible para despertar y oírlo, porque tal vez quienes duermen y nada les importa, son aquellos capaces de encender las tormentas que han ahogado a tantos.

A lo que Lucrecia, acariciando la escondida cicatriz de sus muñecas responderá en su mente: amén.

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