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La Viuda (Lc 7, 11-15)


El agua que llena el vaso ha recorrido varios kilómetros de distancia y se ha ido preparando en las entrañas de la tierra desde hace cientos de años. Todas las aguas al final vienen del cielo, o de entre la tierra. Son, como la vida, un regalo. En cuanto el agua entra en contacto con los labios, Alejandro abre los ojos, respira, bebe muy despacio, siente que el frío líquido que entra en su boca es un emocionado intruso que le regala todas las fuerzas para respirar. No respira para vivir, su vida está garantizada más allá del aire que entre o salga de sus pulmones, respira para poder hablar, y todos frente a él quieren que hable.
Una mano temblorosa regresa el vaso al lavaplatos, camina despacio, en pleno estrés post-traumático, los ojos parecen ojos de ciego, fijos, perdidos, mirando hacia las cosas pero sin mirar las cosas, como quien intenta encontrar la figura escondida en un afiche en 3D. Mira al muchacho, siguen las manos temblando y empiezan a contagiar las muñecas, los brazos, los hombros, como un sismo muscular que tiene innumerables réplicas y epicentros. Por fin la mujer se sienta frente a su hijo, lo mira, lo busca, se le empiezan a caer las lágrimas de los ojos y no hace el menor esfuerzo por detenerlas. No le importa quién la mire con el maquillaje corrido, no se disculpa por estar llorando, no se abanica los ojos con los dedos para devolver las gotas de llanto a su lugar, al contrario, deja los párpados abiertos y que la vea el mundo como tiene que verla.
3 días atrás la misma mujer estaba también sentada delante de su hijo y también lloraba, sintiendo el frío de la silla de metal y el de la muerte. Frente a ella, con 17 años, su Alejandro acostado en una camilla metálica que más parece una bandeja con patas y ruedas para llevar a la “sala de paz” de la clínica el cuerpo sin vida. No hay paz posible cuando a alguien le han arrancado un hijo de un momento a otro, sin previo aviso ni preparación alguna. Alejandro acaba de ser declarado muerto por un doctor, que ordena que lo retiren de la habitación. Las enfermeras se quedan junto a la mujer esperando tener que aplicarle un calmante, pero ella está petrificada, sintiendo un desgarro incalculable en el fondo del alma, viendo frente a sus ojos como se le escurre su única esperanza de felicidad, de sentido.

-              ¿Tiene Ud. a alguien que la acompañe, Señora?
-              Mi hijo, mi hijo siempre me acompaña.
-              Su hijo ya no puede acompañarla más, ¿Quiere que llamemos a alguien?
-              A la muerte para que venga también por mí.

En las clínicas y hospitales tratan de ahuyentar a la muerte, no de llamarla, así que al reconocer que la mujer está sumida en el abismo pero con un absoluto control sobre sí misma, las enfermeras se retiran para dejarla vivir su momento, para permitirle dar el primer paso de eso que los psicólogos llaman “duelo”, pero ella no quiere negar nada, no se resiste a creer, sabe perfectamente que la vida no es invencible, que todos somos frágiles como hojas secas y que a la menor presión todo puede dejar de funcionar. Lo supo cuando enfermó a los 8 años, y su cuerpo no respondía a lo que ella quería hacer, no paraba de sudar y tener frío a la vez, y en esa paradoja entendió que no era del todo dueña de su organismo, y que un día cualquiera éste podría decirle: no. Lo supo cuando murió su padre, tras años de trabajar incansablemente y sin la menor dolencia hasta un día antes de partir, pero un accidente absurdo le quitó la posibilidad de ver crecer al nieto que apenas si tenía 3 años. Lo supo cuando su esposo se fue de Naím, el pueblo en el que se conocieron, crecieron, se amaron, cuando recibió una nota diciendo que tenía que huir, que lo estaban buscando por unas viejas deudas, que no quería que nada malo le pasara a ella o al niño, y una semana después recibió otra nota, en donde le indicaban el lugar en el que podía ir a encontrar el cuerpo de su esposo para darle cristiana sepultura. Fue, recogió el cadáver, el cura del pueblo le regaló un sitio en el cementerio y le entregó la ofrenda de la misa, y no pudiendo hacer mucho más, le aconsejó que se fuera, que sacara al niño a otro lugar, que no fuera a crecer con la mirada condescendiente de la gente que por dentro piensa que ojalá  éste no salga torcido como el papá. Lo supo dos días atrás, cuando recibió una llamada del decano de la facultad de derecho. En cuanto el hombre habló y se presentó diciendo su nombre y su cargo en la universidad supo que algo había sucedido con su hijo, que un decano no anda llamando a las casas de los estudiantes a saludar y preguntar por la familia. “Anoche en la puerta de la Universidad su hijo fue atacado por dos delincuentes y se encuentra en la Clínica Central de Cardiología, por favor no dude en pedirnos cualquier tipo de ayuda que pueda necesitar”. En todos esos instantes la mujer aprendió instantáneamente, que no hay remedio alguno para lo irremediable, y por eso precisamente se llama así. En ese momento, en la puerta de la habitación 306 se apretaba las manos mientras veía como retiraban de la habitación el cuerpo de su Alejandro, la única persona que le quedaba en la vida, y quien se suponía que debía enterrarla a ella, y no al revés.

Ahora Alejandro tiene aliento para hablar, y quieren oírlo los vecinos, 6 compañeros de la universidad, dos profesores, el decano, una enfermera que salió de turno y corrió a la casa de esos que acababa de conocer, todos están en la reducida sala del apartamento en el que Alejandro y su madre han vivido los últimos 4 años. Su madre frente a él, lo mira como quien ve un sueño, y las lágrimas que le inundan los ojos ayudan a reforzar esa percepción al traer y llevar momentáneamente su imagen ante su mirada. “Yo sólo sé que alguien me decía: ´aún no es tu momento´. No recuerdo nada más, tengo borrada la memoria desde que salí de la universidad, me despedí de mis dos amigas, miré hacia atrás y vi a los dos tipos que venían hacia mí, metí la mano al bolsillo para tomar el teléfono y lanzarlo por entre la reja intentando evitar que me lo robaran, y luego tengo imágenes de estar tumbado en el piso, untándome los dedos en mi propia sangre, otras del ruido de la ambulancia y apretones en los brazos y en el pecho, y después silencio. No hubo túnel, ni un foco de luz, ni vi un solo ángel, solo el silencio, no sé si era oscuro o iluminado, no era un paisaje, ni una sala de espera, simplemente era como estar sentado en la cama, cuando mis papás discutían, y yo no podía oír lo que decían pero debía quedarme callado y esperar, algo iban a decidir y en cuanto lo supieran uno de los dos entraría por la puerta del cuarto y al mirar su cara sabría si venía una buena o una mala noticia. Pero no tenía miedo. Algo dentro de mí sabía que cualquiera que fuera la noticia que me traería ese silencio iba a ser una buena noticia. Sólo sé que estaba en un lugar en el que nadie podía hacerme daño. Y en medio del silencio escuché esa voz, tranquila, familiar, cálida, como si fuera la voz más conocida, como si fuera una voz que haría calmar hasta a mi padre, que siempre vivía angustiado y tenso, como si fuera una voz que yo hubiera escuchado desde antes de oír la voz de mi mamá. ´No es tu hora, aún no es tu momento, quédate, ¿quieres quedarte?´ y desde el fondo de mí, mi corazón se puso de pie y grité: SI! Luego de eso desperté en la habitación de la clínica, con mi mamá tomándome la mano, con cara de que no había dormido en 3 días, y las enfermeras y los doctores que me miraban como si fuera un ser de otro planeta, porque nadie tenía claro qué era lo que había pasado conmigo, sólo saben que alguien recibió mi cuerpo en el ascensor, y que a la mañana siguiente yo estaba en una habitación recuperándome, sólo saben que el procedimiento que me hicieron en arterias y corazón, no lo conoce nadie, que no había forma de que tal como estaba mi circulación, mi cuerpo resistiera una reanimación, simplemente no iba a funcionar, y por eso desistieron. Sin embargo esta mañana, en cuanto la mujer que entró a traerme el desayuno salió de la habitación, y mi madre salió tras ella a buscar un café, un doctor entró a hacer su ronda, muy alegre, muy gracioso, me dijo que se alegraba que hubiera resultado bien lo que me habían hecho, que no había sido fácil pero que por fortuna había sangre suficiente para todo lo que había perdido, que era mejor así, porque debía quedarme un rato más con mi madre, que todavía no era mi hora. En ese momento no asocié las palabras. Cuando mi mamá entró, ese doctor iba saliendo y la tomó de la mano para decirle que yo iba a estar muy bien, que no tenía que preocuparse, que podía dejar de llorar y dormir un poco”.

A la mañana siguiente el doctor Josh N. Cross M.D. se disponía para inaugurar el primer simposio internacional de avances en cirugía de corazón en el Centro de Convenciones de la ciudad. Mientras tomaba un vaso de agua se disculpaba por su retraso pues se había quedado dormido ya que había tenido que operar de urgencias la noche anterior. Al estar recorriendo los pasillos de la Clínica Central de Cardiología, el director tuvo que atender una llamada, y Él, esperando el ascensor para buscar la salida de la clínica, recibió el cuerpo de un joven de 17 años que había recibido una herida mortal en el pecho, y tras ojear en segundos la historia clínica, llevó el cuerpo a un quirófano para intervenirlo inmediatamente pues supo que aún había algo que hacer. “Fue una grandiosa oportunidad haber podido estar ahí en ese momento, ese chico debía sobrevivir, todavía no era su hora”, terminó de beber el agua y comenzó su conferencia con el recién recuperado aliento que recibió del corazón de las montañas, que habían preparado durante cientos de años ese regalo, gratuito como la vida.

(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)

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