El
agua que llena el vaso ha recorrido varios kilómetros de distancia y se ha ido
preparando en las entrañas de la tierra desde hace cientos de años. Todas las
aguas al final vienen del cielo, o de entre la tierra. Son, como la vida, un
regalo. En cuanto el agua entra en contacto con los labios, Alejandro abre los
ojos, respira, bebe muy despacio, siente que el frío líquido que entra en su
boca es un emocionado intruso que le regala todas las fuerzas para respirar. No
respira para vivir, su vida está garantizada más allá del aire que entre o
salga de sus pulmones, respira para poder hablar, y todos frente a él quieren
que hable.
Una
mano temblorosa regresa el vaso al lavaplatos, camina despacio, en pleno estrés
post-traumático, los ojos parecen ojos de ciego, fijos, perdidos, mirando hacia
las cosas pero sin mirar las cosas, como quien intenta encontrar la figura
escondida en un afiche en 3D. Mira al muchacho, siguen las manos temblando y
empiezan a contagiar las muñecas, los brazos, los hombros, como un sismo
muscular que tiene innumerables réplicas y epicentros. Por fin la mujer se
sienta frente a su hijo, lo mira, lo busca, se le empiezan a caer las lágrimas
de los ojos y no hace el menor esfuerzo por detenerlas. No le importa quién la
mire con el maquillaje corrido, no se disculpa por estar llorando, no se
abanica los ojos con los dedos para devolver las gotas de llanto a su lugar, al
contrario, deja los párpados abiertos y que la vea el mundo como tiene que
verla.
3
días atrás la misma mujer estaba también sentada delante de su hijo y también
lloraba, sintiendo el frío de la silla de metal y el de la muerte. Frente a
ella, con 17 años, su Alejandro acostado en una camilla metálica que más parece
una bandeja con patas y ruedas para llevar a la “sala de paz” de la clínica el
cuerpo sin vida. No hay paz posible cuando a alguien le han arrancado un hijo
de un momento a otro, sin previo aviso ni preparación alguna. Alejandro acaba
de ser declarado muerto por un doctor, que ordena que lo retiren de la
habitación. Las enfermeras se quedan junto a la mujer esperando tener que
aplicarle un calmante, pero ella está petrificada, sintiendo un desgarro
incalculable en el fondo del alma, viendo frente a sus ojos como se le escurre su
única esperanza de felicidad, de sentido.
- ¿Tiene Ud. a alguien que la
acompañe, Señora?
- Mi hijo, mi hijo siempre me
acompaña.
- Su hijo ya no puede acompañarla
más, ¿Quiere que llamemos a alguien?
- A la muerte para que venga también
por mí.
En
las clínicas y hospitales tratan de ahuyentar a la muerte, no de llamarla, así
que al reconocer que la mujer está sumida en el abismo pero con un absoluto
control sobre sí misma, las enfermeras se retiran para dejarla vivir su
momento, para permitirle dar el primer paso de eso que los psicólogos llaman
“duelo”, pero ella no quiere negar nada, no se resiste a creer, sabe
perfectamente que la vida no es invencible, que todos somos frágiles como hojas
secas y que a la menor presión todo puede dejar de funcionar. Lo supo cuando
enfermó a los 8 años, y su cuerpo no respondía a lo que ella quería hacer, no
paraba de sudar y tener frío a la vez, y en esa paradoja entendió que no era
del todo dueña de su organismo, y que un día cualquiera éste podría decirle:
no. Lo supo cuando murió su padre, tras años de trabajar incansablemente y sin
la menor dolencia hasta un día antes de partir, pero un accidente absurdo le
quitó la posibilidad de ver crecer al nieto que apenas si tenía 3 años. Lo supo
cuando su esposo se fue de Naím, el pueblo en el que se conocieron, crecieron,
se amaron, cuando recibió una nota diciendo que tenía que huir, que lo estaban
buscando por unas viejas deudas, que no quería que nada malo le pasara a ella o
al niño, y una semana después recibió otra nota, en donde le indicaban el lugar
en el que podía ir a encontrar el cuerpo de su esposo para darle cristiana
sepultura. Fue, recogió el cadáver, el cura del pueblo le regaló un sitio en el
cementerio y le entregó la ofrenda de la misa, y no pudiendo hacer mucho más,
le aconsejó que se fuera, que sacara al niño a otro lugar, que no fuera a
crecer con la mirada condescendiente de la gente que por dentro piensa que
ojalá éste no salga torcido como el
papá. Lo supo dos días atrás, cuando recibió una llamada del decano de la
facultad de derecho. En cuanto el hombre habló y se presentó diciendo su nombre
y su cargo en la universidad supo que algo había sucedido con su hijo, que un
decano no anda llamando a las casas de los estudiantes a saludar y preguntar
por la familia. “Anoche en la puerta de la Universidad su hijo fue atacado por
dos delincuentes y se encuentra en la Clínica Central de Cardiología, por favor
no dude en pedirnos cualquier tipo de ayuda que pueda necesitar”. En todos esos
instantes la mujer aprendió instantáneamente, que no hay remedio alguno para lo
irremediable, y por eso precisamente se llama así. En ese momento, en la puerta
de la habitación 306 se apretaba las manos mientras veía como retiraban de la
habitación el cuerpo de su Alejandro, la única persona que le quedaba en la
vida, y quien se suponía que debía enterrarla a ella, y no al revés.
Ahora
Alejandro tiene aliento para hablar, y quieren oírlo los vecinos, 6 compañeros
de la universidad, dos profesores, el decano, una enfermera que salió de turno
y corrió a la casa de esos que acababa de conocer, todos están en la reducida
sala del apartamento en el que Alejandro y su madre han vivido los últimos 4
años. Su madre frente a él, lo mira como quien ve un sueño, y las lágrimas que
le inundan los ojos ayudan a reforzar esa percepción al traer y llevar
momentáneamente su imagen ante su mirada. “Yo sólo sé que alguien me decía:
´aún no es tu momento´. No recuerdo nada más, tengo borrada la memoria desde
que salí de la universidad, me despedí de mis dos amigas, miré hacia atrás y vi
a los dos tipos que venían hacia mí, metí la mano al bolsillo para tomar el
teléfono y lanzarlo por entre la reja intentando evitar que me lo robaran, y
luego tengo imágenes de estar tumbado en el piso, untándome los dedos en mi
propia sangre, otras del ruido de la ambulancia y apretones en los brazos y en
el pecho, y después silencio. No hubo túnel, ni un foco de luz, ni vi un solo
ángel, solo el silencio, no sé si era oscuro o iluminado, no era un paisaje, ni
una sala de espera, simplemente era como estar sentado en la cama, cuando mis
papás discutían, y yo no podía oír lo que decían pero debía quedarme callado y
esperar, algo iban a decidir y en cuanto lo supieran uno de los dos entraría
por la puerta del cuarto y al mirar su cara sabría si venía una buena o una
mala noticia. Pero no tenía miedo. Algo dentro de mí sabía que cualquiera que
fuera la noticia que me traería ese silencio iba a ser una buena noticia. Sólo
sé que estaba en un lugar en el que nadie podía hacerme daño. Y en medio del
silencio escuché esa voz, tranquila, familiar, cálida, como si fuera la voz más
conocida, como si fuera una voz que haría calmar hasta a mi padre, que siempre
vivía angustiado y tenso, como si fuera una voz que yo hubiera escuchado desde
antes de oír la voz de mi mamá. ´No es tu hora, aún no es tu momento, quédate,
¿quieres quedarte?´ y desde el fondo de mí, mi corazón se puso de pie y grité:
SI! Luego de eso desperté en la habitación de la clínica, con mi mamá tomándome
la mano, con cara de que no había dormido en 3 días, y las enfermeras y los
doctores que me miraban como si fuera un ser de otro planeta, porque nadie
tenía claro qué era lo que había pasado conmigo, sólo saben que alguien recibió
mi cuerpo en el ascensor, y que a la mañana siguiente yo estaba en una
habitación recuperándome, sólo saben que el procedimiento que me hicieron en
arterias y corazón, no lo conoce nadie, que no había forma de que tal como
estaba mi circulación, mi cuerpo resistiera una reanimación, simplemente no iba
a funcionar, y por eso desistieron. Sin embargo esta mañana, en cuanto la mujer
que entró a traerme el desayuno salió de la habitación, y mi madre salió tras
ella a buscar un café, un doctor entró a hacer su ronda, muy alegre, muy
gracioso, me dijo que se alegraba que hubiera resultado bien lo que me habían
hecho, que no había sido fácil pero que por fortuna había sangre suficiente
para todo lo que había perdido, que era mejor así, porque debía quedarme un
rato más con mi madre, que todavía no era mi hora. En ese momento no asocié las
palabras. Cuando mi mamá entró, ese doctor iba saliendo y la tomó de la mano
para decirle que yo iba a estar muy bien, que no tenía que preocuparse, que
podía dejar de llorar y dormir un poco”.
A
la mañana siguiente el doctor Josh N. Cross M.D. se disponía para inaugurar el
primer simposio internacional de avances en cirugía de corazón en el Centro de
Convenciones de la ciudad. Mientras tomaba un vaso de agua se disculpaba por su
retraso pues se había quedado dormido ya que había tenido que operar de
urgencias la noche anterior. Al estar recorriendo los pasillos de la Clínica
Central de Cardiología, el director tuvo que atender una llamada, y Él,
esperando el ascensor para buscar la salida de la clínica, recibió el cuerpo de
un joven de 17 años que había recibido una herida mortal en el pecho, y tras
ojear en segundos la historia clínica, llevó el cuerpo a un quirófano para
intervenirlo inmediatamente pues supo que aún había algo que hacer. “Fue una
grandiosa oportunidad haber podido estar ahí en ese momento, ese chico debía
sobrevivir, todavía no era su hora”, terminó de beber el agua y comenzó su
conferencia con el recién recuperado aliento que recibió del corazón de las
montañas, que habían preparado durante cientos de años ese regalo, gratuito
como la vida.
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
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