Metió la llave despacio en la puerta,
escuchando cada golpecito de las formas montañosas del metal contra los
mecanismos de la cerradura, no porque no quisiera ser escuchado, como quien
llega a su casa después del silencio de la noche y no quiere o no debe
interrumpir el sueño de los que ya están dentro, sino precisamente por lo
contrario, porque quería escuchar perfectamente cómo sonaba el proceso completo
de abrir la puerta de par en par. Una vez la ranura había sido ocupada por
completo, giró la muñeca con un seco placer de un solo golpe, y todos y cada
uno de los espacios en sus pulmones se llenaron de un aire refrescante de
orgullo, de satisfacción. Empujó la puerta sin aún mover ni un milímetro los
pies y se quedó firme conquistando el espacio con su mirada. Apenas si tenía 25
años a punto de ser cumplidos y esta era la confirmación de que lo tenía todo.
Era un martes, 8 de la noche, algunos de sus amigos y su novia le habían dicho
que lo acompañarían en el momento en que fuera a recibir la llave de su
apartamento nuevo, para estrenarlo con unas cervezas o una botella de vino,
pero él decidió decirles que se la entregarían el miércoles para disfrutar de
ese primer momento solo, era su logro al fin de cuentas, era su manera de
decirse a sí mismo y de decirle a todos que él había logrado “ser alguien”, que
es la curiosa expresión para afirmar que no se es un “don nadie”, otra curiosa
expresión.
Los días siguientes fueron un
continuo ir y venir de objetos y visitas, no se sabía si entraban más cajas o
personas y entre los momentos que le dejaba libre su trabajo, que le quedaba a
muy pocas calles de su nueva dirección, acomodaba cosas en cada lugar de su
casa, intentando que cada cosa puesta dijera algo sobre su dueño, quién era,
cómo era, y sobre todo, qué estilo tenía. El lugar durante los primeros meses
se convirtió en un centro de operaciones sociales entre él, sus amigos y su
novia, que era de su misma edad, graduada de la misma universidad pero que no
había tenido la suerte aún de encontrar un trabajo tan prometedor como el suyo,
y que seguía anclada en un puesto que no la hacía feliz del todo, del que se
ausentaba cada vez que encontraba la oportunidad de justificar su
incumplimiento y del que estaba decidida a renunciar en cuanto tuviera
oportunidad. Él por su parte, había sido “apadrinado” por un antiguo jefe en su
nuevo proyecto, había recibido incentivos, bonificaciones, y sobre todo la
posibilidad de hacer lo que se le antojara en su cargo. Con un carro que ya
estaba terminando de pagar, una moto para los días de pasear fuera de la ciudad,
sus amigos, su novia y su nuevo apartamento, se completaba ese combo que había
estado deseando desde siempre, y hoy podía decir a sus 24 años y once meses que,
efectivamente, lo tenía todo.
Había nacido muy lejos de ahí,
en un pueblo de esos en los que todos se conocen con todos, cercano a la ciudad
pero pueblo al fin y al cabo, y gracias a una tía había podido irse a estudiar
a la ciudad, ya que ella prometió no cobrarle por dejarlo quedar en su casa y
darle comida. Finalmente si tuvo que pagarle porque de alguna manera se
convirtió en el sirviente, chofer, mensajero y en la solución práctica para
todos los pequeños líos que surgen en una casa y para los cuales hay que llamar
a alguien. Él se encargaba de arreglar lo que se dañara en cualquier momento y
sin importar de qué se tratara. Así fue como le fue cogiendo aprecio a tener
las cosas limpias, en buen estado, ordenadas y sin defectos, pero también fue
así como empezó a pensar que hay cosas que es mejor botarlas cuando empiezan a
verse feas, que a veces mejor que arreglar es comprar nuevo, y que se pierde
más tiempo componiendo que estrenando. Bueno como era para arreglar cosas era
también para estudiar, y por eso no fue difícil que los últimos semestres de su
carrera los hiciera becado y que al terminar materias la misma universidad le
ofreciera la opción de quedarse un semestre más para graduarse con
especialización, o un año y medio más para salir con una maestría. Eso le
abriría muchas puertas y le dejaría con un perfil muy por encima del que habría
llegado a tener si se hubiera quedado en el pueblo, a donde iba cada mes para
visitar a la familia, alguna ex-novia y encontrarse para jugar billar con los
amigos con los que había crecido. Algunos de ellos ya tenían mujer, hijos,
estaban de empleados en algún sitio o se dedicaban a hacer negocios, alguno
tendría por ahí su guardado sobre alguna entrada ilegal de dinero y todos
compartiendo aspiraciones de sentirse mejor y más importantes, mirando desde
los andenes como pasaban los demás con sus cosas y ellos pensando en qué harían
si tuvieran unas mejores. Si pasaba una camioneta entonces empezaban a soñar y
delirar de lo que harían donde irían y por supuesto, a quién se llevarían a
pasear si tuvieran ese carro o uno mejor. La conversación entonces pasaba por
viajes, ropa, espectáculos, planes, lugares a los que quisieran llegar sin
tener que preocuparse por cómo van a hacer para pagar la cuenta. Mientras que
pasaban los meses y con los meses los años, uno de ellos, el de la universidad,
el de la ciudad, el que no se había casado ni tenía hijos, iba cambiando y se
iba pareciendo menos a los demás, aunque se parecía mucho a lo que todos habían
estado hablando durante años, primero llegó en la moto, luego en el carro,
luego en el carro con la novia, luego estuvo de paso con otros amigos, amigos
de la ciudad, camino a un viaje en el que todos iban emocionados y bien
acompañados. A pesar de que nadie podía evitar mirarlo con cierta envidia, la
verdad es que todos se querían demasiado como para no sentirse completamente
felices y orgullosos de lo que le estaba pasando a uno de los suyos.
Las cosas que le cambian a uno
la vida casi nunca se ven llegar, es cierto que se anhelan, que se esperan, que
de alguna manera uno se la pasa llamando a pedirlas a alguna parte por medio de
sus miradas al horizonte y esos suspiros en la mitad del día que preferiríamos
que nadie notara y que son reclamos a la vida pidiéndole que sea un poquito más
de lo que actualmente es, pero cuando aparecen, difícilmente el protagonista, o
el afectado, se encuentra listo. Conoció a Diego una mañana en la entrada de la
oficina, era un empleado recién contratado, que de entrada se veía como alguien
sin mayores pretensiones ni ambiciones. Su ropa no decía lo suficiente acerca
de él como para pensar que iba a ocupar un cargo importante, y en realidad si,
llegaba a coordinar varios procesos. Aunque no iba a ser su jefe directo se
esforzó por presentarse formalmente y
por conocer a los que estarían con él en el mismo piso.
-
Mucho gusto, Alejandro
-
Diego, que tal… ¿en verdad le
da gusto conocerme o es sólo un decir?
-
Ja ja, creo que en verdad me
da gusto, pero lo dije por decir.
-
Casi siempre es así. También
me da gusto conocerlo Alejandro, creo que nos veremos mucho por aquí, todo el
mundo habla bien de usted, así que no dudaré en pedir su ayuda mientras me
acomodo al trabajo aquí.
-
Muchas gracias, y cuente
conmigo para lo que sea necesario.
No se imaginó lo que significarían esas palabras en el futuro.
Diego era un personaje totalmente corriente, no tenía ninguna de esas
particularidades que hacen que las personas llamen la atención, por el
contrario, poseía una especie de invisibilidad existencial, una forma muy
exacta de desaparecer en cuanto hacía lo que era necesario, y tan pronto era
hecho, no se le veía y rápidamente se le olvidaba. Diego había crecido en una
familia grande, con 5 hermanos, con perros, con finca, con una mediana
industria propiedad de su padre y algunos negocios propiedad de sus hermanos
mayores, y todos hablaban de un modo serio, cortante, como si estuvieran de mal
genio, pero no era más que un tono común, heredado, un acento que venía con el
apellido, porque en realidad eran completamente alegres, acogedores y
hospitalarios, y sobre todo preocupados por el bienestar de cada uno de los de
la familia, siempre se les veía haciendo cosas para que alguien superara un
problema o pudiera salir delante de alguna dificultad.
La primera vez que entró a la casa de Diego fue la noche que le cambió
la vida, o mejor, la noche que hubiera podido cambiarle la vida, y que al no
hacerlo, se la cambió para siempre. Salían tarde de una reunión de trabajo,
analizando cifras y estrategias de mercado hasta las 9 de la noche, diego no
tenía su carro porque estaban reparándolo en un taller, por algún problema con
una de esas partes inentendibles que tienen los carros y que los mecánicos
bautizan con algún nombre que solo ellos entienden. Se ofreció a llevarlo a su
casa, que no quedaba cerca de la oficina en la que trabajaban, pero le pareció
que podía resultar interesante conversar en el camino. Diego empezó a hablar y
preguntar sobre ese resto de la vida que no tiene que ver directamente con el
trabajo, la familia, la novia, hijos o planes de hijos, un dolor en la espalda
que lo molestaba hace un par de meses, anécdotas de la universidad, etc. hasta
que vino el tema de los niños con discapacidad con los que Diego hacía talleres
de arte tres días a la semana, martes y jueves en las noches, y el sábado todo
el día. Los ojos de Diego se le iluminaban hablando de las obras de arte que
estos chicos hacían con sus pies, o con su boca, o con una porción
considerablemente menor de inteligencia respecto a otros niños, que quizá por
ser considerados “normales” no tienen en su vida la oportunidad de hacer una
pintura, una escultura o componer una canción porque su normalidad les
convierte en usuarios de cuanto aparato existe. Algo iba pasando en su interior
mientras escuchaba todas aquellas palabras, algo que no conocía, una especie de
sed, un tipo muy particular de hambre, que no se siente en el cuerpo
necesariamente, sino en un lugar muy profundo, esa caverna mágica dentro de
cada ser humano de la que brotan las ideas importantes, los sentimientos
irremplazables, las decisiones cruciales y las preguntas que nunca terminan de
resolverse, ese desconocido espacio en cada persona que hemos llamado alma,
corazón, espíritu, sin saber exactamente a qué nos referimos. Su alma tenía
sed, con cada palabra oída aumentaba la ansiedad, la necesidad de saciar, que
sólo se soluciona dando. Al llegar a la casa preguntó si podía ver algunas de
aquellas obras, si él tenía en su casa algo que pudiera mostrarle, porque le
parecía muy impactante todo lo que había escuchado, y no porque Diego hablara
de lo impresionante que era su arte o el desarrollo de capacidades estéticas de
los niños, sino porque hablaba de lo que ese trabajo había hecho en él, de lo
que veía de sí mismo cada vez que se encontraba con los niños, y pintaban
juntos, hablaban, se reían o terminaban una obra y la veían luego colgada en
alguna pared o puesta sobre algún mueble. Al ver algunas pinturas que Diego
efectivamente tenía en su casa, le fue imposible contener el llanto, cada color
entraba por sus pupilas con una velocidad y una fuerza muchísimo mayor de lo
que había entrado cualquier otra imagen antes de ese momento, cómo si una parte
de la vida hubiera estado esperándolo por mucho tiempo y finalmente lo
encontrara, y cada trazo y cada pincelada le dibujó emociones dentro de sí,
porque supo en ese instante, que aquello era lo único que le faltaba, que era
esa parte de sí mismo, para la cual había sido creado, para la que estaba
completamente dispuesto, y que nunca había tenido la posibilidad de conocer o
de hacer realidad, y que se encargaba de recordarle periódicamente, de modo
incomprensible, allá en el fondo del alma, que aunque tuviera 24 o 25 años,
grado/especialización/maestría, que aunque tuviera una novia preciosa dispuesta
a pasar el resto de su vida con él, que aunque tuviera muy buenos amigos tan
exitosos como él, y en su bolsillo descansara la llave de ese apartamento que
le dio la sensación de haber terminado de armar el rompecabezas de su vida, aún
le faltaba algo, le faltaba esto, le faltaba un ficha enorme que tenía que ver
con dar, no con conquistar, con exponerse, no con exhibirse, con perder, no con
ganar.
El problema de las personas buenas, es que por esforzarse en no olvidar
que lo son, terminan creyéndose que lo son. Y todos tenemos la posibilidad de
ser un poco mejores, hasta el momento en que creemos que ya somos mejores, ese
es el instante en que se pierde la posibilidad. Enredado en su propio ritmo de
vida, de trabajo, de búsquedas, pasaron 8 meses en los que preguntó al menos
dos veces por semana cómo podía ir él a compartir esa experiencia con los niños
artistas, a lo que Diego siempre respondía con una enorme sonrisa invitándolo a
un taller, una exposición, una simple visita, y ante lo que siempre se cruzaba
un cumpleaños, una gripa, un paseo, y poco a poco se fueron extinguiendo las
ganas, pero también las posibilidades, y es que cuando el alma sabe exactamente
qué es lo que necesita para ser feliz por completo, y ve como nos dedicamos a
evadir la posibilidad de encontrarlo y adueñarnos de aquello con todas las
fuerzas, entonces no duda en recordarnos minuto a minuto, en cada pequeño
instante, que algo crucial nos hace falta, que nada de lo que podamos conseguir
puede llenar ese vacío, que no hay cosa lo suficientemente costosa ni
experiencia lo suficientemente inolvidable, ni sensación lo suficientemente
placentera que nos haga cerrar la herida abierta de lo que no nos hemos
atrevido a vivir. Esa angustia dentro del pecho se fue volviendo el sinsabor de
todos sus logros presentes y futuros, y ya en una especie de gastritis, un
vació en la mitad entre el pecho y el vientre se convirtieron las compras, y
las fiestas, y las felicitaciones o los ascensos en el trabajo. Desde que había
visto las pinturas el resto del mundo parecía una película vieja, con colores
gastados, como una permanente visión en instagram envejecido. Fue por esto que
empezó a vivir con algo de rabia, porque siempre había sido una buena persona,
siempre había sido alguien dedicado a hacer las cosas bien, ni una gran
mentira, ni un engaño a los que amaba, ni una infidelidad a su novia, ni
siquiera una trampa en un juego de cartas. Había sido criado para ser honesto,
para ser trabajador, y se había hecho un camino forjado a punta de sudor y
esfuerzo para ser un tipo exitoso, para poder comprar lo que quisiera, para
hacerse la vida tal como se le antojara, así que simplemente no era justo,
simplemente no tenía sentido, que nada de eso tuviera el valor que debería
tener, sólo por haber tenido un momento de sentimentalismo frente a unos
cuadros que nada tenían que ver con él. En las noches intentaba resolver el
acertijo, decirse que iba a ir a conocerlos, que iba a ir a encontrarlos, pero
también su propio diálogo le decía que no, que a él no le gustaba eso, que ver
la miseria humana no era uno de sus gustos, y que no tenía por qué obligarse a
hacerlo. Luego pensaba en la insatisfacción permanente, en la envidia que le
producía la mirada de alegría de Diego cuando por encima de cualquier tema,
ponía sus tardes entregando su tiempo, su esfuerzo, su talento, para ganar algo
tan intangible, tan poco medible, como era la felicidad. Dormido se quedaba sin
encontrar respuesta y en la mañana su apartamento se encargaba de recordarle
para qué había luchado todos estos años, quedaba convencido, peinado y
determinado a trabajar como cualquier otro día, sin embrago con frecuencia las
ventanas del carro le dejaban entrar imágenes que hubiera preferido omitir,
porque en cada semáforo, en cada esquina, en cada puerta de una iglesia, volvía
a aparecer esa miseria de la que había estado huyendo desde niño y a la que
ahora algo dentro del pecho de manera irrevocable le pedía que se acercara.
Hundiendo el pie en el acelerador hubiera querido llegar tan lejos como fuera
posible, pero sólo llegaba a la misma oficina en la que un hombre sencillo
vestido de ropa sin marcas le recordaba lo que venía negándose. Había dicho
“cuente conmigo para lo que sea necesario” pero en realidad nunca fue posible
contar con él.
Alejandro
tiene hoy 39 años, está casado, tiene una hija, no quiere tener más hijos para
poder darle a su princesa todo lo que pueda y no tener que pensar en pasar
momentos complicados con las finanzas de la familia. Vive en un exclusivo
sector de la ciudad y ha conseguido un permiso especial de las autoridades de
tránsito para oscurecer los vidrios de sus dos carros. Es una excelente
persona, a la que hace 15 años le hicieron una oferta que nunca podrá olvidar,
porque es la oferta que no aceptó y que no lo ha dejado sentirse pleno en estos
años, en los que siguió esforzándose porque todos puedan ver que es un buen
tipo, y que es un tipo exitoso, en todo eso que las revistas que venden en los
supermercados consideran que significa ser exitoso, y cada año en el árbol de
navidad de su casa hay una tarjeta con algún incomprensible dibujo hecho por un
niño de la fundación en la que sigue trabajando Diego, a quien no ha visto por
varios años. Su hija le pregunta por qué ese dibujo es tan raro, y él le
responde que lo han hecho unos niños que son distintos a los demás. ¿Papá, y
por qué nosotros no somos distintos a los demás? Le pregunta su hija, a lo que
él, conociendo perfectamente la razón, prefiere no responder.
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
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