Desde lejos miró las cruces y sintió que se le
oprimía el pecho, aún más que cuando su hermano se le sentaba encima y se movía
bruscamente para demostrarle que por más peso o movimiento, las barcas de su
padre no se hundían. Esta barca, en cambio, si parecía hundirse, y su capitán
con ella. Jesús colgaba indefenso de un madero y agonizaba, y con sus últimos
esfuerzos pedía a su Padre que no mirara a quienes le hacían esto porque todos
estaban cegados de egoísmo y ninguno de ellos sabía lo que hacía. Ni él mismo sabía
exactamente por qué había llegado a esconderse allí. Lo que recordaba bien era
cómo había llegado, corriendo mientras se camuflaba entre la multitud desde la
que alguien pareció reconocerlo como uno de los discípulos del hombre que
precedía aquella turba histérica. ¡Corre! Escuchó, miró con atención y entre
los hombres que empezaban a recoger piedras del suelo para lapidarlo vio los
mismos ojos soñadores que encontró aquella mañana a orillas del lago de
Galilea, esta vez acompañados de un semblante decidido y sangrado. Su maestro le pedía que se fuera, y aunque ya era evidente su fracaso,
le obedeció, y salió corriendo, porque el único de ellos que debía morir esa
tarde era Jesús.
“El más amado de los hermanos”
era como le decía Jesús, que como todos nosotros ha tenido sus sentimientos
instantáneos, sus simpatías automáticas. Eso fue lo que le pasó la primera vez
que lo oyó hablar, un par de años atrás, luego de haber estado enseñando a
orillas del lago. El muchacho repetía un par de parábolas delante de sus
amigos, intentando convencerlos de que era mejor pescar hombres que peces, pero
ellos no le oían con la misma atención con que le oía Jesús, que se quedó
mirándolo desde lejos y sonriendo, y riendo, al ver cómo le cambiaba los
detalles a cada parábola y la narraba de una manera particularmente graciosa,
mientras se le iluminaban los ojos, movía las manos y sacaba de la manga
palabras y expresiones que Jesús nunca había escuchado porque hacían parte de
esa manera particular que tienen los muchachos para hablar, sea inglés,
francés, español o arameo, desde que sean jóvenes siempre encontrarán su manera
de burlar las reglas del idioma y acomodarlo a su antojo para hacerse entender,
pero sobre todo para hacerse notar, y sí que se hacía notar ese muchachito con
sus ojos grandes y sus mejillas rojas que hablaba con la emoción propia de
quien acaba de vivir algo inverosímil y que al contarlo lo hace un poco más
inverosímil para que su emoción no se vea desperdiciada. Jesús lo llamó para
que le contara de nuevo esa parábola a un grupo de pescadores que se habían
reunido en torno a él, y desde ese mismo instante el muchachito nunca volvió a
separarse de su maestro, hasta aquella tarde de Pascua, en que se lo habían
arrebatado de su lado y parecía que no tenían intenciones de devolvérselo.
Escondido como estaba, apenas si oía por una
ventana el ruido de la multitud afuera, poco a poco con el paso de los minutos
la gente iba cambiando de tema, al principio no se hablaba de otra cosa, “que
han cogido al nazareno, lo han vuelto pedazos desde ayer”, “qué más se podía
esperar de estos romanos, no paran de buscar bandidos en donde no los hay”,
“pobre hombre, morir de esa manera cuando se la pasó diciendo que no valía la
pena tomar venganza y que era mejor hacer el bien a quien nos hace daño”, pero
ya habían pasado un par de horas y la gente que pasaba por allí había empezado
a hablar de otras cosas, “el tal Barrabás como que ni siquiera es Judío,
¿habrase visto el sanedrín pidiendo que liberen a un extranjero?”, “ha llegado
una centena más de soldados por la fiesta, y ¿sabes a quién le compran las
provisiones de trigo?, pues a los de siempre, a la familia del sumo sacerdote,
es que todos son unos vendidos”, “me he comprado una túnica para la pascua, que
no te imaginas” y mientras que unos pasaban para un lado y otro teniendo sus
conversaciones, y olvidando el tema del nazareno aún antes de que el tema
termine, para quien escucha tras las paredes todas las palabras, cada una de
ellas es un nuevo latigazo sobre la espalda de su amigo, una nueva piedra que
caía sobre él, como piedras caían en Nazaret, la primera vez que Jesús les
pidió que lo acompañaran a ver a su familia, a ver a la gente de su pueblo, pues
hacía algunos meses ya que se había marchado de allí y quería saber cómo iba la
vida de todos. Amigos de infancia, primos, vecinas y tías lo miraban, lo
abrazaban y lo hacían seguir hacía la casa, invitando de paso a los amigos que
había traído, “ellos son mi familia ahora, recíbanlos como si fueran de la
casa” decía, pero aquellas palabras no les entraron bien a los dueños de casa,
que no estaban acostumbrados a recibir extraños y menos a considerarlos
familia. Era especial el modo en que Jesús hacía sentir a sus amigos delante de
todas las personas. Tenía una manera muy particular de hacerlos sentir
importantes delante de quien fuera, su familia, la gente del pueblo o los
rabinos, que siempre que había forasteros abrían los ojos y las orejas para
evitar que se propagaran por allí las enseñanzas de filósofos o predicadores
que no estuvieran recomendados de manera conveniente. Jesús sin embargo, no era
un extraño, no era un forastero en el sentido estricto de la palabra, era uno
de ellos, había crecido en esas calles, había ido por agua al mismo estanque,
había tenido por amigos de infancia a esos hombres que hoy tenían hijos y
familias y que lo miraban un poco como se mira a quien ha desconcertado o
decepcionado a todos. Luego de pasar por la sinagoga todo fue un desastre, allí
fueron los gritos, los insultos, las piedras contra la espalda de los amigos
que corrían, y Jesús, que conocía bien el lugar, supo exactamente hacia donde
ir para que pudieran protegerse y huir. Allí sentados, ya entre ellos, todo era
distinto, menos solemne, menos parecido a las escenas de las películas, allí
entre ellos se reían, se hablaban las cosas tal y como cada uno las había
visto, y se revisaban los golpes, buscando que nadie estuviera realmente
herido. Se sumaba a un comentario gracioso otro, luego otro, y uno más, y entre
bromas sobre las pedradas, las tías de Jesús y los versos en la sinagoga se les
pasaba el tiempo. Él, siempre al lado del maestro, riendo y contando todo con
la emoción que le caracterizaba y con esas expresiones que a todos les causaban
mucha gracia. Al final siempre cambiaba el tono de la conversación y Jesús
hablaba tranquilo, libre, y les decía que no creyeran que estaba bromeando, en
realidad ellos estaban ahí para dar vista a los ciegos, para dar libertad a los
cautivos, para anunciar a los pobres la buena noticia. Entonces el más amado de
los hermanos decía “y para anunciar por donde vienen las piedras para que los
cojos puedan salir corriendo a tiempo” todos se echan a reír y de nuevo el
grupo vuelve a ponerse de pie y organizan todo para regresar a Cafarnaúm.
Las lágrimas inevitablemente bajan por sus
mejillas. Contrario a todas las leyes de la física, pese a que sin importar su
magnitud todos los cuerpos deben caer en la misma velocidad, todos sabemos que
entre más profundo es el dolor, más tiempo se toman en caer las lágrimas, más
lentas se vuelven y más segundos tienen para mojarnos la cara y recordarnos que
eso que está sucediendo no lo esperamos del todo, no lo queremos vivir y
desearíamos con toda el alma que fuera distinto. Sus manos mojadas de llanto se
apoyan con rabia contra el suelo, sus dientes mordiendo el aire con rabia, y
unas palabras que no encuentran definición alguna son el semblante de este
discípulo que no entiende todavía nada. Él no es como muchos de nosotros, que
nos aprendemos las palabras de Jesús, las usamos para darle consejos a los
demás, vamos a misa una vez a la semana, o siete, y con eso nos creemos los
mejores amigos del Señor. Él era de verdad su mejor amigo, y a quien estaban
matando en el Gólgota era a su más cercano, a su más amado, y por eso salió de nuevo y eludiendo miradas de curiosos y de verdugos caminó
hacia el monte del que todos regresaban, el show ya había terminado. Tres
hombres, entre ellos un profeta, yacían agonizantes en las cruces del monte y
no había nada más que ver. Algunas de las mismas mujeres que los habían
recibido un tanto incómodas en Nazaret, estaban allí llorando, sacándole a
Jesús las últimas palabras que podían salirle de su pecho herido y sin fuerza
para respirar. Nunca se olvida el rostro de un amigo al que uno ve poco antes
de morir. Se dejó caer al suelo, tumbado por una fuerza inexplicable de
frustración, de desconcierto, de fracaso y de impotencia. Nunca se olvida lo
inútil que uno se siente cuando ve morir a un amigo. Nunca antes se había
sentido inútil al lado de Jesús, todo lo contrario, junto a él se había sentido
la persona más útil de todos, corriendo a traer peticiones para ir a visitar al
criado de un romano, para acercar a un ciego hasta Jesús, para encontrar la puerta
en la que hay más personas adoloridas junto a la piscina, repartiendo panes y
peces sin sentarse a comer hasta asegurarse de que todos los que estuvieran por
allí hubieran comido, y también hablando, repitiendo sus parábolas con su toque
personal, viendo en los ojos de los que le oían las mismas caras de esperanza
que veía en los que oían a Jesús, sabiendo que no había sido un error haberlo
dejado todo, reconociendo que dios también era su padre, que también le amaba
desde siempre, que también para él había un espacio en el libro del reino de dios.
Útil se sintió cuando la viuda de Naím dejó de llorar, y cuando le ayudó a
Zaqueo a repartir sus cosas entre los más pobres, cosa que no lograron hacer
con ese joven que se les cruzó en el camino y al que el entusiasmo, como a
muchos, no le duró más que unos veinte minutos. Él en cambio había llegado
hasta allí, con el entusiasmo intacto, no estaba feliz, estaba destrozado,
estaba golpeado en lo más hondo de su alma, pero su entusiasmo intacto, porque
las verdaderas fuerzas del corazón no dependen de los sentimientos ni de las
crisis, sino de la fe, y el más amado de los hermanos sí que tenía fe.
Tumbado en el piso con esa fe
apretada en las manos, se mezclan sus lágrimas con la sangre que rueda por el
suelo, la cruz frente a él permanece clavada en la tierra mientras que la luz
del sol lentamente va apareciendo de nuevo, tras horas de oscuridad y una
lluvia densa, lenta, como lágrimas que también caen despacio desde el cielo. Ya
se han llevado el cuerpo de Jesús, ya se han ido los soldados, ya se han ido
los que lamentaban la muerte de los dos condenados que morían con Jesús, quedan
un par de mujeres que venían con ellos desde hacía tiempo, queda la madre de
Jesús y queda él.
-
Sabes, hijo, antes de todo
este alboroto, una noche en Betania estuvimos hablando, él los miraba a
ustedes, que andaban fuera de la casa, hablando y discutiendo sobre lo que
pasaría en Jerusalén. Me miró y me dijo “a mi nada bueno me va a pasar en
Jerusalén, eso lo sé hace tiempo, pero espero que a estos no les pase nada,
puedo soportar lo que me hagan a mí, pero no que les hagan algo a ellos”, y
cuando dijo esa última frase, te estaba mirando a ti. A nadie tenía tan dentro
de su corazón como a ti.
-
Y a nadie tengo yo tan dentro
de mi corazón como a él. Yo tenía amigos, como todos, gente entrañable, del
alma, con los que era posible jugar, reír, hablar de cosas serías y sentarse a
soñar. Pero lo que me pasaba con él es que todo eso tenía otro sentido, como si
en cada instante estuviera dando lo más fresco que le salía del corazón, no
sólo cosas para pasar el rato. Él siempre decía que es muy importante amar,
pero a mí me enseñó que es más importante que somos amados. Y yo sentía eso.
-
Es muy difícil que una madre
sienta que es más el amor que le tiene su hijo que el que ella le tiene a él.
Pero yo entiendo perfectamente lo que dices, porque a veces llegué a sentir
eso, que el amor de este hijo mío era mayor que el amor de cualquier persona,
que debía sentirse muy solo, porque nadie podía amarlo de la misma manera,
porque nadie podía devolverle todo lo que hacía. Y tú sabes que en este tiempo
no nos vimos tanto, no nos encontramos tanto, pero cuando sucedía, veía lo que
hacía por ustedes, lo que hacía por los otros, y luego se sentaba conmigo, de
nuevo era mi hijo, con su cabeza en mis piernas, hablándome de sus sueños, de
sus ideas de la comunidad, de lo que había visto en las vidas de tantas
personas… y así me amaba, me amaba amando a tantos, porque buscaba que yo
supiera que había valido la pena todo lo que habíamos pasado juntos en Nazaret,
que yo supiera que él le había dado sentido a lo que habíamos tenido que vivir.
Aunque nunca creí que tuviera que llegar a vivir esto.
-
No vas a estar sola nunca, eso
te lo prometo.
-
Llevas mucho de él en ti,
mucho de su mirada, mucho de sus gestos, mucho de sus palabras.
-
¿Por qué lo dices?
-
Porque la misma promesa me
hizo Jesús al irse de Nazaret, y la repitió hoy. Antes de que llegaras, fue la
última frase que me dijo.
El más amado de los hermanos
tomó de la mano a la madre, secaron juntos sus últimas lágrimas y se regresaron
a los pocos días a galilea. Allí poco a poco fueron apareciendo todos, unos con
más historias que contar que los otros, porque habían tenido que salir huyendo
o porque habían encontrado de regreso a muchas personas de las que habían
conocido en el camino, cuando iban hacía Jerusalén.
El viaje de ida había sido
considerablemente más largo que el viaje de regreso. Para todos los amigos de
Jesús haber tenido que desandar esos pasos era como mirar de nuevo todo lo que
había pasado, cada calle, cada camino, cada trozo de valle en el que se habían
sentado a descansar. Para todos ese viaje había significado un reconocimiento
de lo que verdaderamente habían hecho, algo que intentaron borrarles de la
mente al acabar cruelmente con la vida de su amigo y maestro, allá, en lo alto
y donde todos pudieran verlo.
Había sido el mismo viaje para
todos, aunque no habían hecho ningún arreglo para devolverse juntos, es más, ni
siquiera era claro que todos iban a regresar. En grupos de dos o tres, una vez
pasada la pascua y una vez acabado el alboroto de los crucificados –no había en
aquella época noticieros que alargaran indefinidamente los alborotos y las
muertes- habían tomado camino hacia su casa.
Al igual que el hermano amado
y la madre, todos habían pasado por casas en las que veían a esas personas que
seguían estrenando su vida, una vez regresado a casa el hijo enfermo, el odiado
vecino que ahora era bienvenido y que vivía para compartir lo poco o mucho que
hubiera en casa, el amigo asaltado en el campo que estuvo a punto de perder la
vida de no haber sido rescatado por un buen hombre de Samaría. Todos reconocían
a los amigos de Jesús, les ofrecían un vaso de agua, un trozo de pan, y seguían
el camino para ver más gente, más vidas, más sonrisas, y algunos lirios del
campo y algunas aves del cielo, de esas que no guardan ni ahorran, y a las que
sin embargo no les falta nada. En algún pueblo cercano a Cafarnaúm oyeron a
unos niños hablar de un tesoro escondido, de un buscador de perlas y de una
semilla de mostaza, que se parecía a lo que dios hacía con todos nosotros.
Al encontrarse, cada uno venía
con el corazón enorme, repleto de emociones, de recuerdos, pero sobre todo de
ganas, de fuerza, de pasión, pudieron ver que todos esos que habían acabado con
Jesús habían “cortado las flores, pero no podrían detener la primavera” como lo
dijo uno de ellos. El más amado de los hermanos, que reconoció en esos
corazones galileos, grandes y colmados, como redes que ni pueden sacarse a
flote porque van llenas de peces, que era el mismo Jesús el que venía con una
nueva vida a darles una fuerza nueva, indestructible, mayor incluso que la
suya. “Es el señor” era todo lo que decía cada vez que uno de los amigos, o la
madre, contaba lo que vivía, lo que le pasaba cuando hablaba con otras
personas, cuando compartía las enseñanzas de Jesús, cuando partían el pan con
los extraños, cuando sus palabras y enseñanzas fascinaban por igual a los
vecinos que a los forasteros venidos desde lejos. “Es el Señor” repetía, y
todos se miraban con paz, sin temor, sabiendo que llevaban en su pecho algo que
nadie podría matar jamás.
Viejo ya, mientras que yo escribía sus palabras para los hermanos de lugares
muy lejanos, el más amado de los hermanos me contó lo que vivió aquella tarde
de abril, en la que le arrancaron al amigo que más quiso, al que más extrañó,
pero al que siempre supo a su lado, al que siempre pudo ver en las cosas más
sencillas y en las más extraordinarias. Cuando vió venir la muerte, anciano y
tranquilo, como quien puede decir que todo queda terminado, apretó mi mano y me
dijo: “Es el Señor”.
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
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