“Es sabido por la mayoría que las
cosas están
en el último lugar en el que las
buscamos.
Lo que no siempre se sabe es que
algunos lugares
son más importantes que las cosas
que esconden”
Manuscrito de Maturín
Cualquier
día puede ser el primer día si los anteriores han sido todos iguales, y para
poder recordar el nombre y número del que está transcurriendo es preciso
recurrir a buscar la información en un objeto. La visión y la memoria funcionan
así. No hay mejor forma de esconder algo que ubicándolo entre muchas cosas
semejantes, pues los ojos lo pasarán desapercibido, así como se deja de ser
consciente de aquello que no parece cambiar. Es así como el hombre del
apartamento 706, su hija y la hija de su hija, han ido ya olvidando si es 14 o
22, si es lunes o jueves, si es febrero o mayo. Él, por historiador, sabe
perfectamente cuándo inició esa afición tan humana de ponerle nombres y números
a todas las cosas, lo que no recuerda – al menos hasta que consulta su reloj – es
que hoy es domingo 9, que es mayo del 93, que vive en el 706 del edificio
Antílopes y que es Gustavo, identificado con el número 348.764. Esto último no
lo dice el reloj, sino un papel. También sabe que hace 23 días que no salen de
su casa, desde que un poco antes del mediodía, a una calle de su edificio,
explotara una de las bombas con las que el cartel de Escobar y los Ochoa
intentaba acorralar de nuevo a Colombia. Han pasado unos 3 meses desde las dos
bombas que explotaron en el centro, y también del atentado en el World Trade
Center en Nueva York. En poco menos que un par de meses va a morir Héctor Lavoe
y en 5 más será el mismo Escobar el que muera. Eso no lo sabe, porque nadie
conoce el futuro, pero si sabe bien que la muerte está corriendo una maratón y
parece ser más veloz que todos los que intentan salvarse de ella.
- Papá, ¿dónde dejó las llaves?
- No
sé, no me acuerdo, ¿Para qué las quiere?
-
Pues,
para salir.
-
¿Nos
quiere dejar solos a Adrianita y a mí?, usted sabe que si sale, puede que no
vuelva.
-
No
sea trágico papá, más bien ayúdeme a buscar las llaves.
-
¿A
qué va a salir? Aquí tenemos todo, ahí afuera lo que hay son balas, o bombas.
-
Nada
explota hace casi dos semanas. Dicen que tienen ya acorralado a Escobar.
-
Claro, ¡Como los animales salvajes no atacan cuando
los acorralan! Esa gente me quiere hacer daño, y saben que la mejor forma sería
hacerle algo a usted, o a la niña.
-
Cuídemela
más bien, necesito tomar aire, no me va a pasar nada. De paso aprovecho y
compro unas galletas, y carne. Nos van a salir alas de comer pollo todos los
días.
-
Ya
no le puedo prohibir nada, no se demore Marcela, por favor.
-
Usted
nunca fue de prohibiciones, y tranquilo, cualquier cosa lo llamo.
-
Vaya
con Dios mija.
-
¿Pa´qué?
¿Pa que me deje morir como a la niña Tellez? No empecemos papá, ud con sus
creencias y yo con mis ideas. Ya vuelvo.
Marcela
no era una mujer descuidada ni temeraria, de hecho notó que sus dedos temblaban
cuando pulsó el botón del ascensor. Simplemente era una mujer a la que le
podían más las ganas de rebelarse contra el miedo, que el pánico que le podría
causar que en efecto al pisar la calle aparecieran en moto un par de sicarios
para cobrarle a su padre – matándola a ella – haber sido el mejor amigo del
peor enemigo del Cartel. A don Guillermo Cano lo habían matado hace ya unos 6
años y, desde entonces, Gustavo había empezado a escribir en donde le dejaran
publicar: periódicos, revistas, magazines; la historia de esa violencia que
estaba robando vidas hora tras hora desde hacía más de 13 años. Por eso lo
odiaban, y por eso su cabeza tenía precio, y por eso estuvo tentado a pensar
que la bomba del 15 de abril había sido contra él, aunque en realidad fue
contra todos. Ella, que había terminado de crecer – si es que tal cosa llega a
suceder – durante esos años horribles, y que había parido una hija en otra
noche de malas noticias, no estaba dispuesta a dejar que las amenazas
detuvieran su existencia, por eso se había quedado en el país, había estudiado
como cualquier otra chica de su edad, había ido a trabajar todos los días, y
mandaba a su hija al colegio sin pensarlo dos veces, eso hasta el estallido que
rompió todos los vidrios de su casa. Ahí decidió cerrar ella misma esa puerta
que hasta ahora no se había atrevido a abrir.
Caminó
precavida, porque en Bogotá se mira para ambos lados todo el tiempo, no solo
cuando se va a cruzar la calle; entró al mercado, compró algunas cosas y se
acordó de llamar a Patricia, su compañera de tesis, su mejor amiga, que no se había
sentido bien en esos días. Acordaron que pasaría a visitarla un rato y en la
noche el hermano de Patricia la regresaba a su apartamento. Llamó a Gustavo,
que no quiso hacerle sentir su preocupación pero tampoco pudo evitarlo.
-
Adrianita
y yo estamos jugando, tranquila.
Colgaron.
En
el 706 suenan canciones de Juan Luis Guerra. Por alguna extraña razón la pequeña Adriana le
agarró gusto al merengue desde cuando estaba en la panza de la mamá, así que
ella, como cualquier niña, puede poner el disco de “bachata rosa” y escucharlo
una y otra vez sin cansarse. Gustavo se ha inventado, como siempre cuando él y
la niña comparten tiempo, un juego para contarle algunas historias de la
historia. Así es como en otros días entre bolas de plastilina le ha contado que
un pueblo aficionado a las estrellas fue el primero en contar los días en
semanas y nombrarlos según algunos planetas. También jugando con pitos,
tambores y cornetas le hizo imaginar como Gengis Kan había logrado que unas
pequeñas tribus conquistaran todo a su paso hasta convertirse en el mayor
imperio que ha conocido la humanidad. En una tarde, raspando hielos y jugando
con fichas de ajedrez sobre el tapete de la sala le descifró porqué el frío
invierno que en Bogotá jamás sucede, era el mejor amigo del pueblo Ruso. Esta
tarde, mientras se le encogía el pecho de miedo pensando en que Marcela estaba
afuera, supo que tenía la historia perfecta para respirar con confianza, y para
impedir que su propio terror se convirtiera en un recuerdo imborrable para la
pequeña Adriana. Si algo sabía Gustavo, por profesión y experiencia, es que el
miedo jamás se debe tatuar en piel ajena.
Aprovechó
que la niña ojeaba un viejo libro de Quino, y escondió en la casa 3 objetos,
todos de su propia colección personal de antigüedades; cosas que había traído
con sumo cuidado de algunos de sus viajes y que guardaba en su cuarto de
estudio, que era una especie de templo en el que se podría reconstruir todo lo
que ha sucedido con los pueblos del planeta desde que el primer sembrador
enterró una semilla hasta ese abril de 1993. Y eso son muchos abriles para un
solo cuarto. Escribió en hojas blancas, pistas para que Adriana descifrara y
buscara los objetos, las pegó con trozos diagonales de cinta transparente en la
puerta de la casa, devolvió la aguja del tocadiscos a la primera canción del
LP, y mientras se imaginaba un conuco de arcoíris bajo el arroyo, miraba como
la pequeña Adriana leía con atención las 3 hojas:
1.
Una
nube a la que le consultamos lo que no sabemos, a la que le pedimos lo que soñamos,
y a la que sonrisas por monedas le cambiamos.
2. Soy un paraguas al revés. Cuando me
usan es para que pase el agua, pero lo que no dejo pasar, es lo que quieres
probar.
3. Guardo todos los nombres, sé dónde
viven todos. Si algo quieres pedir, yo te digo a donde ir.
Hay
que perdonar la poca agilidad de Gustavo para las rimas, lo suyo nunca fue la
poesía ni la lírica, aunque fuera un melómano empedernido y en su biblioteca
nunca faltaron los grandes. Ahora, ya con una hoja y un lapicero en la mano, no
era su mente la de Bécquer. Tampoco hay que olvidar que su público no era
exigente, la pequeña Adriana lo admiraba con todo el asombro del que era capaz
y en el tiempo que pasaba con él se sentía protegida por una especie de ternura
invencible, como si el amor de su abuelo fuera una bóveda de afecto que la
preservaría de todo peligro. Por eso, sin reparar en la técnica literaria, había
tomado ya 3 hojas pequeñas, de las que su mami tenía junto al teléfono para
anotar las razones de quien llamara, y estaba transcribiendo palabra por
palabra aquellas claves mientras pronunciaba en voz alta
“U-na-nu-be-a-la-que-le-con-sur-qué dice aquí-con-sur-esa es una
ele-con-¡sultamos!”. Y una vez las 3 notas en la mano se sentó como el pensador
de Rodin, con un vaso de leche achocolatada que Gustavo acabó de batir con
cuchara mientras ella escribía las últimas letras de la última clave.
La
primera bandera blanca que se alzó para anunciar paz no fue elevada en medio de
una guerra sino en medio de una tragedia, una sequía que pareció eterna, como
todas las tragedias que, por más instantáneas que sean, le desaceleran el
tiempo a quien las vive y hechizan la existencia con una traumática cámara
lenta de la que cuesta reponerse. Durante más tiempo del que se podía resistir
no cayó una gota de lluvia, y como la tierra seca es tierra cerrada, que no
deja entrar ni salir nada, apareció el hambre y con el hambre la enfermedad y
con la enfermedad la muerte. En aquellos días las granjas elevaban en sus extremos
telas de colores, no solo para marcar la extensión de las propiedades sino para
que luego en los mercados se reconocieran los frutos que cada una vendía. Su
reputación estaba asociada a un determinado color o combinación de colores, de
modo que el mejor vino podría encontrarse siempre en una botella marcada con
rojo y marrón, o quien quisiera una buena pata de cordero debía buscar la
tienda marcada con tela azul con dorado. Desde que los colores marcaron
competencia y los campos fueron forzados a ser mejores que los del vecino, el
blanco entro en un penoso desuso. Con la sequía ya nadie pudo producir nada,
nadie pudo enorgullecerse con nada, se fueron borrando los límites al verse
obligados o invitados – difícilmente lo sabremos – a compartir lo poco que tenían.
Luego, cuando ya no había nada que compartir, solo la igualdad de la carencia,
la uniformidad de la angustia, la resignación de la despedida, los campesinos
de Szydlow reunieron sus viejas banderas para ofrecerlas al dios de la lluvia,
quienquiera que fuese, y junto a la hoguera de sus vencidos orgullos pidieron
no desaparecer.
En
principio, Adriana no entendía por qué su abuelo habría escondido un viejo
cofre con un trozo de tela debajo de la almohada. Hallarlo no fue difícil,
pocas cosas tienen apariencia de nube en las casas, y al algodón no se le hacen
tantas preguntas como a las almohadas. En el mismo lugar en el que encontró
algo de dinero la última vez que perdió un diente, estaba esta vieja caja que
guardaba lo que en principio no parecía más que un trozo de trapo viejo, pero
que cobró vida cuando Gustavo le contó que las primeras gotas de lluvia fueron
como las campanas de una iglesia que a todos los llamaron a salir de sus casas
y encontrarse en los caminos y las plazas, que no se sabía en cada rostro
cuáles gotas venían del cielo y cuáles venían de la alegría que dejaron salir
entre gritos. Que todos se encontraron para cantar y abrazarse, y que el agua
que caía del cielo se llevó el dolor que habían estado cargando. Le contó que
en sus manos sostenía una de las muchas telas con las que los sobrevivientes de
la gran sequía de Szydlow habían celebrado el regreso de la lluvia en un
septiembre de 1345 o 1346. Las reliquias de aquellas banderas blancas eran
mucho más que el recuerdo de un aguacero, eran el símbolo de la paz, porque es
sabido que para los pueblos antiguos la principal preocupación no era la
guerra, sino el hambre, y que la paz fue durante mucho tiempo la palabra
perfecta para decir “vamos a estar bien”, para desear “que todo lo tuyo germine
y se multiplique”. Le contó que durante los 70 años que siguieron a aquella
sequía todas las granjas usaron telas blancas en sus insignias, en sus
portales, en sus productos, en sus fiestas, porque se juraron ser el pueblo de
la paz, no dejar a nadie nunca pasar carencias, no quedarse quietos ante la
angustia, jamás permitir que alguien tuviera que estar solo en las despedidas.
-
La
paz, chiqui, es una forma de tratar a los otros, es una manera de mirar, de
saludar, de hacer lo que sea que puedas hacer para que otra persona esté mejor.
Eso significa lo que tienes en la mano. Esa tela viajó desde Polonia hasta tu
almohada, para que sepas que no hay nada más fuerte que la paz, ni los golpes,
ni las armas, ni las bombas, porque destruir siempre será la salida de los
débiles, mientras que levantar y construir es la de los fuertes, la de los que
trabajan por la paz.
-
Estamos
encerrados por lo que hacen hombres débiles. Los fuertes son los que cuidan, no
los que hacen daño. La paz nunca viaja sola, siempre va acompañada de alegría.
Repetía
Adriana entre suspiros, como contándose un secreto a sí misma.
Patricia
abraza delicadamente a Marcela, se siente débil por su malestar, pero sobre
todo por la idea de que algo malo pueda llegar a pasarle a esa amiga valiente
que ha llegado a admirar tanto porque nunca se ha dejado doblegar por algo distinto
al dolor de los otros, porque lo único que la derrumba es un eventual
sentimiento de querer hacer más y sentir que no puede. El abrazo se extiende a
las lágrimas y a los dedos que las recogen, Marcela le desea que se mejore y Patricia
le ordena que se cuide.
-
No
me mire mal por decir esto Marce, pero que dios la proteja.
-
Si
ese dios me protege a mí mientras dejó morir a tanta gente, no quiero
conocerlo.
-
No
pelee con la vida, no usted que es tan buena peleando por ella.
-
No
peleo, se lo prometo, solo pido que algo de todo esto tenga sentido.
En
casa, su hija y su padre han estado compartiendo una curiosa conversación en
torno al segundo de los objetos encontrados.
-
Y
entonces, ¿volvieron a verse después de
46 años? Eso son muchos años, ¿no?
-
Son
los años que han pasado desde que yo tenía tu edad.
-
En…ton…ces
tie…nes 48, 49, 52, cincuenta y cuatro años!
-
Sí,
que son los que tenía Ester cuando dejó de ver a su nieta, cincuenta y cuatro,
y habían pasado 2 años encerradas en ese terrible lugar, hasta que ese día
lograron escapar, aunque no juntas.
-
¿El
día en que le quedaron esas marcas en las piernas?
-
Exacto.
Ese día aquellos hombres terribles que les maltrataban empezaron a huir, al ver
que los ejércitos de los otros países estaban acercándose para liberar a todas
las personas que tenían allí prisioneras. Pero mientras huían intentaron
incendiar todo el lugar, para que no quedara ningún rastro de las cosas
horribles que habían estado haciendo. Ester y Ethel, junto con otros
prisioneros, encontraron un sendero por el que podían escapar, pero cuando la
abuela Ester quedó atrapada entre las cercas, la pequeña Ethel, que entonces
tenía apenas 11 años, corrió, se lanzó al piso y empujó con sus pies descalzos la
cerca y los alambres. Así Ester pudo desenredarse y correr. Pero una vez su
abuela pudo pasar, las fuerzas de la niña no pudieron resistir más y los alambres,
las púas, la reja, le lastimaron las piernas y le causaron muchas heridas. Los
otros prisioneros la alzaron y la llevaron cargada hasta el primer pueblo que
encontraron, en donde la niña fue entregada a la enfermería local.
-
Y
¿por qué dejaron de verse entonces? Si ya estaban a salvo…
-
Los
que escaparon estaban escondidos cuando empezaron los bombardeos, que duraron
más de 6 días, pero a la pequeña Ethel ya la habían trasladado a una ciudad
liberada, para que en un hospital le salvaran la vida, porque estaba muy débil
y sus heridas habían sido profundas. Ester intentó buscarla cuando todo
terminó, pero la niña había estado recuperándose lejos de allí, en donde nadie
sabía su nombre, y cuando pudo recuperarse, fue entregada a un hogar para niños
abandonados en la guerra.
-
¿Un
bombardeo suena como lo que estalló el otro día abue?
-
Sí,
aunque muchas veces, un estallido tras otro, parece que se cayera el cielo,
pero no es así, el cielo nunca se cae, ¿sabes por qué?, ¿Por qué está hecho de
algo más poderoso aunque no suene tanto.
-
¿Qué
es eso, de qué está hecho el cielo?
-
De
entrega, de amor que sabe dar la vida por otras personas, por los que quieres,
por tus amigos, por los que te necesitan, nada hay más poderoso que eso.
-
Es
lo que hizo Ethel por su Abuela Ester, ¿verdad? Cuando se fue a rescatarla en
esa reja.
-
Sí.
Cuando amas mucho, el amor se vuelve tu principal instinto, se vuelve lo más
urgente que eres capaz de hacer, entonces nada puede derrotarte.
-
Y
este trozo de tela con rayas, ¿era de Ester o de Ethel?
-
Era
de Ethel, era la ropa que los obligaban a usar en ese lugar. Cuando se llevaron
a Ethel a la enfermería, le habían cortado muchos trozos de su ropa para
hacerle nudos en las piernas, y Ester se quedó con esas telas durante mucho
tiempo. Las guardó hasta el día en que se volvieron a encontrar.
-
Eso
fue lo que paso cuarenta y seis años después, que es el mismo tiempo que ha pasado
desde que tú tenías mi edad. Pero no me has dicho cómo supo Ester quién era su
nieta después de tanto tiempo.
-
En
46 años las personas cambian mucho, la cara de una niña no es la misma que la
cara de una mujer madura, ya su cuerpo no es igual, ni su pelo, es muy difícil reconocer
a una persona, pero el secreto fueron las cicatrices de sus piernas. Hace un
par de años estuve en un encuentro de muchas personas que habíamos sobrevivido
a cosas muy difíciles. Personas que habían estado en alguna guerra, o en esos
lugares en los que estuvieron ellos. Personas que habían estado en países con
mucha violencia, o que habían logrado escapar de alguna catástrofe. A algunos de
los que estábamos allí, nos pidieron hacernos unas fotografías de nuestras
cicatrices. Las mías, de la espalda, cuando logré escapar de la bomba que le
pusieron al periódico de los hijos de Guillermo, mi amigo. Había personas con
marcas en su rostro o en sus brazos, y algunos de los que habían estado en
aquellos campos en la guerra, mostraban los números que les habían tatuado en
los brazos, pero también estaba aquella mujer, que aparte del número tenía
cicatrices en sus piernas, casi no había un trozo de piel intacta. Ester estaba
allí, porque era una de las sobrevivientes de mayor edad y le harían un
homenaje, pero cuando entró a la exposición de fotografías y vio la imagen de
aquellas piernas, supo enseguida que su nieta estaba viva y estaba cerca.
-
Nada
es más importante que dar la vida. El amor es más poderoso que todo lo demás.
La reconoció por las heridas que tenía por haberla salvado.
Repetía
Adriana entre suspiros, como contándose un secreto a sí misma.
-
No
me has dicho por qué tienes tú esa tela abue.
-
Yo
había conocido a Ester, me había contado su historia, yo le había contado la
mía. Cuando se reencontraron yo estaba allí, y al despedirnos, me dijo que ya
no necesitaba aquellos trozos de tela para recordar a su Ethel, porque ya
estaba juntas.
-
¿Ahora
esta tela es mía?
-
Si
quieres guardarla, sí.
-
Claro
que quiero.
Al
cerrarse la puerta del ascensor, Marcela sintió un alivió exagerado. Había
estado todo el día tensa y sintiéndose un poco culpable. No quería cargar a su
padre de más temores, pero tampoco quería enterrar su vida detrás del pánico a
los violentos. Traía galletas de chocolate, carne, pan fresco, y un regalo que
Patricia le había enviado a la pequeña Adrianita. Era tarde. Pasadas las 11 de
la noche, el silencio de los apartamentos, dejaba oír que a lo lejos un viejo
tocadiscos había llegado al final. El golpecito de la aguja con el centro del
disco marcaba un ritmo que al parecer arrullaba a los habitantes del piso 7.
Metió y giró la llave con delicadeza, supuso con acierto que su padre y su hija
ya estaban durmiendo. Al cerrar la puerta se quedó un minuto leyendo las 3
frases, y notó que su papá (no podía ser la niña por la altura de los papeles)
había marcado las primeras dos con un “ok” en letra verde. Prestó entonces
atención especial a la última y al descifrarla hizo un breve gesto de
complicidad imaginaria con su padre. Reconocía las cosas que se inventaba para
distraerla cuando ella era niña, las historias que le contaba a través de
objetos, de frases, de fotografías, y la pasión que reconocía en él por
cautivar a otros con lo que podía enseñarnos mirar hacia el pasado y escarbarle
algo de sentido.
Luego
de poner la carne en la nevera y el pan junto a las galletas en la despensa,
fue hacia el cuarto de Adrianita a dejarle el regalo al lado de la cama para
que lo encontrara al despertarse en la mañana, pero al cruzar por su propia
habitación vio que la puerta estaba ligeramente abierta y la tenue luz de la lámpara
encendida. Encontró a su hija allí, cubierta con mantitas y abrazando un viejo
león de peluche. Le dio un beso en la mejilla, le acarició las manos y puso el
regalo en el piso junto a la cama. Fue a la sala y se sirvió una copa de vino,
se sentó en un sillón y estuvo durante un rato mirando por la ventana,
preguntándole al aire de la noche si sería capaz de resistir más, si tendría el
valor para mantenerse de pie. En medio de sus pensamientos recordó aquella
frase sin marcar en la parte de atrás de la puerta. Fue hacia el cajón en donde
estaban los directorios telefónicos y sacó los dos, el blanco, en el que
aparecían los teléfonos y direcciones de todas las personas de la ciudad,
organizados según los apellidos, y el amarillo en el que estaba la información
de las empresas, los comercios, los restaurantes y cualquier servicio que se
llegara a necesitar. Cuando tomó el primero para abrirlo, notó que algo cayó al
suelo. Algo que su padre había escondido entre los dos directorios. Era el
brazalete de servicio de su madre, que había sido mucho tiempo voluntaria de una
organización de trabajadores por la paz. Era una de las personas que acompañaba
y orientaba a los habitantes de aquellos lugares a superar todo eso tan difícil
que habían tenido que vivir. Repartía entonces su tiempo entre el hogar y los
viajes a las zonas en las que la violencia se había ensañado con los pobres. A
veces convirtiéndolos en víctimas y a veces en victimarios. Marcela sabía que
su madre había dejado su vida allá, entre esas personas, y que por ese trabajo
terminó perseguida y enferma. La muerte de su Ana la sumió en una profunda
decepción frente al futuro, frente a cualquier fuerza distinta a la suya,
frente a todo lo que parecía una promesa. Recogió el brazalete, lo acarició,
dejó escurrir un par de lágrimas y se avergonzó por llorar dos veces en el
mismo día, pero mientras secaba sus lágrimas suspiró entre los dientes: “Si yo
tuviera la mitad de su fuerza, mamá”. Sin saber por qué, pero siendo consciente
que al hacerlo interfería en el juego de su padre con Adrianita, devolvió los
directorios al cajón, tomó en sus manos el brazalete y se acercó hasta su
cuarto, hasta su cama, hasta el oído de su hija, y le susurró, leyéndolo, el
lema inscrito en aquel trozo de tela: “Quitar todo el dolor y toda la culpa,
para que nadie muera por cargarlas”. Y repitió “Quitar todo el dolor y toda la
culpa… todo, todo el dolor, y la culpa, toda la culpa, para que nadie muera,
nadie, que nadie muera por cargarlas”. Se levantó, fue hasta la habitación de
su hija y encontró la cama perfectamente tendida, la almohada como si nadie la
hubiera usado nunca, y dos telas dobladas en la parte de abajo, donde van los pies.
Una vieja tela blanca y otra a rayas. Dobló el brazalete y lo puso también en
la cama, pero en un lugar aparte. Pensó en su hija, y en todo lo que tendría
que trabajar en ella misma para no tatuar su dolor ni su culpa en la piel de su
pequeña.
Llorando
por tercera vez en el día salió del cuarto, dispuesta a ir a dormir junto a
Adrianita, pero al salir vio a su padre de pie, mirándola llorar y redimirse en
la esperanza de ser mejor que su pasado. No se saludaron, no se despidieron,
solo le asintió con la mirada y cerraron ambos sus puertas luego de oírlo
decirle:
-
Tiene
el doble Marcela, la suya, y la de ella. Nunca lo dude, ni lo olvide.
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