El último hombre
en cruzar la puerta de la habitación en la que todos los demás ya estaban
sentados fue Santiago, traía la mano derecha ensangrentada por una leve cortada
que le habían hecho con un puñal a unas cuantas calles de ahí. Llegó corriendo,
sudando, agitado, le tomó unos minutos recuperar el aliento y el ritmo corporal
para poder hablar y contar lo que había sucedido. María su madre y Salomé
corrieron a traer agua y aceite para limpiar la herida y calmar el dolor,
mientras que los demás lo miraban con impaciencia esperando el momento en que
empezara a contar lo que le había sucedido. Las mujeres bañaban su
mano cuando empezó a decirles que en cuanto vio que se acercaba el atardecer se
despidió de sus tíos y primos, con los que se había encontrado a la salida del
templo y que habían subido a Jerusalén para celebrar la pascua. Un grupo de sus
primos, 3 que rondaban los 30 años actuaban un poco extraño, miraban
sospechosamente a su alrededor a cada instante y tenían el color de la
impaciencia esparcido por todo su rostro. No sabía Santiago que esos 3 primos
eran zelotes y habían bajado a Jerusalén con otros 40 rebeldes a camuflarse
entre la multitud y aprovechar cualquier momento de agitación pública para
asesinar al centurión romano en cumplimiento de las amenazas que habían hecho
llegar al pretorio desde hacía 4 meses, cuando asaltaron una caravana de
mercancía que se dirigía al palacio de Pilato, tomaron como rehenes a varios soldados
y enviaron sus capas y espadas con un anciano sordo que dejó al burro con
el cargamento a unos metros de la entrada de la guarnición. Desde entonces los
soldados romanos tenían orden de capturar, torturar y ejecutar a cualquier
galileo que mostrara resistencia a la autoridad del imperio. Cuando salió de la
casa en la que estaba reunida su familia, Santiago corrió para cumplir con la
cita pactada con el maestro, era la cena de la pascua y no había excusa para
retrasarse, al fin y al cabo habían viajado durante días para llegar a
Jerusalén a vivir en la santa ciudad ese momento. Dos soldados habían estado
siguiéndolo, pues sabían que en esa casa algo sucedía y que probablemente había
rebeldes o simpatizantes de los rebeldes en esa familia. Cuando lo empujaron
hacia un callejón Santiago creyó que eran borrachos o ladrones y tomó
rápidamente un palo del suelo con el ánimo de defenderse, pero en cuanto vio el
uniforme militar y escuchó el acento mediterráneo de los soldados lo tiró al
suelo, recogió su túnica sobre sus brazos y extendió sus manos para demostrar
que no estaba armado y que no quería problemas. Los soldados lo interrogaron y
al cabo de unos minutos supieron que no
era un personaje peligroso, sólo uno de tantos judíos fanáticos que pasan el
día hablando de su dios invisible y que creen haber visto muertos resucitar y
leprosos quedar curados. Estos hombres han recorrido el imperio y han visto
tanta miseria que no creen posible que exista un dios, o al menos no uno al que
le interese el bienestar de los humanos. Antes de dejarlo ir uno de los
soldados tomó su cuchillo y pasó el filo por la palma de la mano de Santiago
mientras con desprecio lo miraba a los ojos y le decía: “Vete judío, lárgate a
comer con tu dios inútil”.
Mientras cruzaban
la habitación hasta llegar a los oídos de los que estaban reunidos junto al
Maestro, las palabras cambiaban de forma, se iban volviendo afiladas, ácidas,
frías, porque nadie resiste que le hagan daño a los que ama, y menos cuando no
existe ninguna justificación para ese daño. Pedro, Andrés y Tomás se pusieron
de pie enfurecidos y entre gritos querían convencer a los demás de que debían
ir a enfrentar a los soldados, el Maestro se puso de pie, y todos se
sorprendieron pues en principio no creían que fuera a apoyarlos en su idea, pero
en aquellos días lo habían visto con esa nueva actitud, valiente, fuerte,
revolucionaria, cuando iban al templo y se transaba en discusiones con las
autoridades judías, de pronto lo cogían de nuevo en una de esas horas de
determinación que tenía el Maestro y el mismo sería quien exigiría de los
soldados una explicación y una disculpa. Pero el Maestro se puso de pie para
dirigirse a la mesa en la que se estaban preparando los alimentos sobre
aquellos platos cerámicos que les regalaron en Naím y que venían cargando
durante todo el viaje para no tener que poner la comida sobre el suelo o en la
ropa. Tomó algunas de las provisiones que ya estaban listas y las acercó a los
amigos, y haciéndoles una señal con las cejas, como cuando el pensamiento es
demasiado fuerte y no quiere ser interrumpido por ninguna palabra previa, les
invitó a acercarse. Revisó la mano de Santiago y le pareció que era mejor
cubrir la herida con un poco de tela, así que arrancó un retazo de su propia
túnica y le dio 3 vueltas alrededor de la mano, una debajo del dedo pulgar para
cubrir completamente y un nudo contra el dorso, de manera que no le estorbara a
la hora de hacer las cosas de todos los días. Santiago agradeció el gesto
usando la misma mano para poner una torpe caricia sobre la mejilla del maestro
y se sentó junto a los otros. Los hombres casi nunca han sabido cómo expresarse
afecto unos a otros, contagiados por la rudeza o el temor a ser mal vistos, no
saben bien cómo mostrarse que se quieren.
La cena tiene
varios momentos, no se come todo de una buena vez, y no hay forma de
alimentarse y pasar a otra cosa, como suelen hacer las familias para las que
comer juntos es una simple formalidad, un cumplimiento para no ser tenidos por
ingratos. En esta cena hay tiempo suficiente para todo, para echar mano de unas
frutas, morder algunos vegetales y con ellos en la boca seguir conversando del
tema que haya aparecido, y con ellos nunca dejan de aparecer temas, ahora mismo
están todos dejando salir sus comentarios ruidosos y llenos de resentimiento,
ironía y también deseo de justicia sobre la presencia de los romanos en la
tierra de sus ancestros. Un atrevimiento para unos, una maldición para otros,
un castigo por el pecado de sus padres o una consecuencia directa de años de
políticas condescendientes con los pueblos vecinos dicen algunos más allá, y
hay quien afirma que es sólo una prueba más de que el designio de dios es
acabar con este pueblo y formar otro que entienda mejor, y las especulaciones
pasan por las cabezas de todos.
En ésta como en muchas de las comidas donde se
reúnen más de dos, hay algunos que protagonizan, otros que lanzan sus opiniones
marginales, otros que escuchan y no se atreven a participar, y quienes se
concentran en las labores que están haciendo o en el sabor de la comida en su
paladar, para no tener que involucrarse con un tema que les puede resultar
difícil de entender, penoso de tratar o inútil de conversar. Este tema tiene de
todo eso un poco, pero ahí está la venda sobre la herida en la mano de Santiago
y no hay forma de cerrar el rollo (el equivalente en aquellos días a “pasar la
página”), pero mientras las voces suben, bajan, se entremezclan, se envían unas
por encima de otras y de la misma forma se reciben, todos notan que el Maestro
no ha pronunciado una sola palabra. Se ha dedicado a poner los platos, acomodar
la comida y ahora trae los utensilios para que todos se laven las manos.
Santiago toma el
extremo de su túnica despacio, como si llevara una pesada capa sobre el brazo,
y con la mano herida despeja el brazo contrario para lavarse sólo la mano
restante y no volver sobre la herida y sobre la venda puesta, que bien puesta
quedó, pero el Maestro le dice que tranquilo, que él se encarga, que se siente,
y de rodillas frente a él le desata la correa de las sandalias y empieza a
lavarle los pies. Como tantas otras veces se habían lavado los pies unos a
otros, algo que desde los primeros días aprendieron de Jesús, pues era la mejor
forma de demostrarse mutuamente y sobretodo, recordarse cada uno a sí mismo,
que ninguno es superior a otro y que los hermanos nunca dejan de hacerse
favores, de ayudarse, de servirse, se fueron acomodando en parejas y empezaban
a soltarse todos las sandalias cuando el Maestro les dijo: “dejen que esta vez,
yo lo haga para todos”. Hay momentos particulares en la vida en los que el tono
de una conversación cambia e inmediatamente cambia el color del cielo, cambia
el ruido exterior, cambia la velocidad con que se respira, y la mirada se
vuelve el anuncio de que algo está pasando. Todos se quedaron quietos, se
dieron cuenta que tal y como rezan las oraciones que en unos momentos habrían
de hacer, esa noche era “distinta de todas las otras noches” porque lo más
hermoso de convertir ciertas costumbres en signos con los otros – ¿quién no ha
tenido un saludo o una despedida especial con alguien que ama? – es que el día
en que se usan por última vez, nunca, jamás, se olvida.
La cena empezó aún
con el tono de seriedad que todos le habían dado a ese momento tan común y tan
cotidiano, tan ordinario si se quiere, de sentir deslizar el agua, la tela
mojada y las manos sobre los pies, las manos, y luego tomar algún borde
medianamente limpio de la túnica para secarse, el Maestro tomó la palabra por
un largo tiempo, pronunció palabras que había dicho muchas veces antes, pero
como nunca las había dicho, y dijo algunas cosas nuevas, cosas que terminaban
con cualquier idea equivocada que pudieran tener sobre él, sobre quien era,
sobre lo que quería, sobre lo que creía que ellos debían ser, y vivir. Entre
las carnes, las hierbas, los vegetales, el vino, el pan sin levadura, se iban
filtrando ideas sobre la alegría, que no puede llamarse tal si no es completa y
perfecta, sobre el amor, que supera a todas las fuerzas y que no encuentra nada
que se le compare si uno lo vive hasta dar la vida por los que ama, sobre las
razones por las que al mundo le fastidia el amor, y la libertad, y sobre la esperanza
que tenemos de que al encontrarnos con dios todos vamos a sentirnos como en
casa, la paz, que es la tarea suprema de todo el que se diga creyente en el dios
de la vida, y la fuerza del cielo que recibe todo aquel que se atreve a vivir
para conquistarla. No eran palabras que los hacían sentir especiales, eran
palabras que los hacían saber que el único sentido de sus vidas en adelante
sería que cada persona descubriera que lo es. No eran palabras que los hicieran
sentir orgullo del camino que habían elegido, porque en ese momento las barcas
y las casas y las familias que habían dejado atrás, tenían que ser recuperadas,
esta vez en la mirada y el corazón de cada persona que se cruzaran en el
camino, pero especialmente, y por encima de cualquier circunstancia, en la
mirada y el corazón de esos a los que nadie jamás les había lavado los pies.
Santiago, miraba
su mano todo el tiempo, apenas si levantaba los ojos para mirar a su hermano,
para ver el rostro expresivo del Maestro al pronunciar cada palabra, o para
tomar un trozo de pan o de carne, y luego volvía a la venda, y como si pudiera
ver más allá de la tela, miraba a la herida, y como si en ella se abriera el
pasado y el futuro, miraba el puñal en manos del soldado romano, y el saqueo de
las ciudades, el posible hijo del soldado y el destino de muerte de todos los
que han sido obligados a vivir en la guerra, miraba a su padre, que en la
orilla del lago se había quedado viendo como los pies de sus hijos se alejaban
de él, y también veía sus manos estirándose sobre los pórticos de las ciudades,
mientras gritaba con todas las fuerzas de su voz que dios quiere que hagamos
las cosas de otra manera, porque ésta, ya lleva las bases corroídas y
destrozadas por dentro. Como si el vuelo de su mente no le hubiera permitido
darse cuenta de lo que estaba pasando, cuando volvió a mirar hacia adelante ya
estaban fuera de la casa, caminando para salir hacia el extremo de la ciudad,
hacia el monte de los olivos, el sitio en el que se reunían para conversar,
para orar y para hablar de lo que había pasado en el día. Les gustaba caminar
por allí pues el olor de los olivos lograba atrapar todas las sensaciones del
día y ponerlas en orden, como si la misma tierra al pisarla les diera permiso
para pensar en calma, para pensar en paz. Concentrado como iba en sus propios
pensamientos, Santiago eligió pronto un lugar para sentarse, y dejo descender
lentamente la espalda hasta apoyar la parte de atrás de su cabeza en una
piedra. Siguió sintiendo la herida en la mano y todo lo que parecía caber en
ella, desde la expulsión de Adán y Eva del paraíso hasta la destrucción de
Jerusalén, que con seguridad, una vez más como tantas veces en el pasado,
sucedería bajo este imperio. No era una visión extraordinaria, no era un “rapto
místico”, era un hombre pensando, un hombre dejando que el eco de las palabras
de su maestro le resonara dentro hasta convertirse en gritos. Había llegado
hasta allí porque él mismo sabía que su vida no era justa, que tanto él como su
padre, sus hermanos y todo su pueblo eran víctimas de la opresión de invasores,
de ricos y de poderosos, y también sabía que para aprender a vivir habían
tenido que aprender a ser hipócritas, a mentir, a disimular lo que pensaban, lo
que sentían, y que habían aprendido a vivir así, hasta con dios. Delante de los
fariseos y de los escribas se portaban de una manera, para no ser señalados ni
recriminados, para poder asistir a la sinagoga, para poder seguir teniendo la
conciencia tranquila pensando que eran aceptados como judíos, judíos de tercera
o de quinta categoría, no importaba, simplemente no ser considerados unos
rebeldes de las tradiciones ancestrales, aún cuando en lo personal, en lo
privado, cada uno sabía o sentía que tantas normas eran imposibles de cumplir,
que algunas ni siquiera tenían sentido, que en muchas cosas su religión no se
parecía en absoluto a lo que habrían enseñado Moisés y los profetas.
Pensando se quedó
dormido y dormido seguía pensando, pero los pensamientos que se tienen cuando
se duerme no se parecen del todo a los que se elaboran en conciencia, porque
éstos son palabras, gestos, frases, en cambio aquellos son imágenes,
personajes, escenas que se construyen en un espacio imaginario que no existe
fuera de nuestra cabeza, y soñando se vio a si mismo vistiéndose con distintos
ropajes, se vio probándose una túnica, y una capa, y luego cubriéndose con un
abrigo de piel de oveja, y luego ocultándose en las sombras teñido el vestido
de barro y ocultando la mirada. En cada escena su interlocutor era una persona
distinta y él mismo era diferente, o bien se encontraba con su padre y se
comportaba como un hombre rudo y dispuesto al trabajo fuerte, o bien veía a los
viajeros extranjeros y se comportaba como uno de ellos elevando su clase y su
distinción hasta pasar desapercibido enfrente de su propia casa, luego sentía
que un ángel lo buscaba en la noche para pedirle cuentas y se esforzaba por
buscar la oscuridad y cubrirse de lodo para parecer una carga de comida o de
cerámica abandonada junto a una pared. En su sueño se preguntaba porque no
podía dejar de fingir, porqué se había preocupado tanto por cosas que no le
daban alegría, porque le había costado tanto amar, y se había conformado con
complacer. Cuando el ángel lo encontró, llevaba en la mano el puñal del soldado
romano, y le hizo una señal para que se levantara a pelear, se movieron los
dos, como unidos por lazos invisibles, al mismo ritmo y en la misma dirección,
confrontándose sin atacarse aún, buscando el lugar donde la luz de la luna les
permitiera verse de frente, y se lanzaron a pelear.
Como si el cielo y
la tierra estuvieran asistiendo a esa pelea, veía gente a su alrededor gritando
y agitándose violentamente, y también la naturaleza con lluvia, viento,
truenos, se hacía presente, como si estuviera descendiendo una guarnición
celestial sobre él. Así, peleó toda la noche, y la lluvia le quitó todos sus
disfraces, todos sus ropajes, y toda la suciedad que llevaba encima, en su
sueño el ángel y él terminaban rindiéndose, y su Padre lo miraba rendirse,
llamándolo desde el ruedo de gente que se había formado para ver la batalla
entre ese hombre y dios. “Jacobo! Jacobo! Ven, ya es hora de que te detengas”
en el momento en que su padre y él se miraron y por primera vez su padre lo vio sin disfraz alguno, supo que estaba a punto de despertarse, el ángel se
retiraba mientras le decía “Tú eres Israel”. De nuevo el sueño se había
confundido con la realidad y cuando Santiago Apóstol – Jacobo el hijo de
Zebedeo – entró en conciencia de lo que estaba sucediendo, él estaba
forcejeando con otro de los discípulos, tratando de persuadirlo de que no
atacara ni golpeara a nadie, mientras iba recuperando la conciencia de dónde se
encontraba y qué estaba pasando, escuchó los gritos de otros de sus amigos que
huían del lugar, mientras que dos de ellos aún forcejeaban con los soldados
romanos, y el mismo hombre que le había hecho la herida en la mano, junto con
su compañero y el centurión, se llevaban a su Maestro encadenado. Luego de
aquella noche, muchas veces volvió a ese lugar, y muchas veces recostó su
cabeza sobre aquella piedra, intentando que el sueño continuara, intentando
saber qué seguía tras dejar a un lado al ángel con el que había estado
luchando, pero el sueño nunca volvió, tal vez porque cuando todo ha sido dicho,
seguir hablando no es más que redundar, y dios nunca ha sido bueno para
redundar.
Tal como lo haría
ese otro hombre llamado también Jacob, que soñó sobre otra piedra y luchó
contra otro ángel, también tomó la piedra para convertirla en una señal, la
talló con sus propias manos y la hizo parte de un lugar sobre el que años
después, uno de sus discípulos, el hijo del centurión que se había llevado al
maestro, escribió una carta a los cristianos, una carta que lleva el nombre de
Santiago y que dice muy claramente que “no se contenten con oír, pongan en
práctica, o estarán engañándose a ustedes mismos. Pues el que oye y no cumple
se parece al hombre que contempla su rostro en un espejo, y después de haberse
mirado, se va, olvidándose en seguida de cómo era”. Santiago – Jacobo el hijo
de Zebedeo – nunca recuperó aquel sueño, pero ese único instante le bastó para
que desde entonces hasta el final de sus días, jamás olvidara cómo se veía
luchando contra sí mismo, contra todos sus disfraces, contra todas esas fuerzas
de adentro y de afuera que lo habían condenado a él y a los suyos a vivir una vida
prestada, y como pelean los verdaderos santos, también contra dios, a quien
nunca dejó de pedirle esas cosas que dios da, esas que sólo dios da, porque
todas las otras, las que los hombres pueden hacer aunque no siempre quieran,
hay que pedírselas, exigírselas y luchárselas a ese mundo al que dios no le cae
tan bien.
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
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