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La Entrada en Jerusalén (Mc 11, 7-11)

Un imaginario judío llamado Ishmael sube con su familia hacia Jerusalén desde Cafarnaúm evitando caminos de comerciantes gentiles y esquivando la ruta que obliga a pasar por Samaría, porque es lo más parecido a caminar con la camiseta equivocada frente al estadio un día de fútbol. La caravana lleva provisiones de comida y bebida suficientes para no tener que depender de la hospitalidad ajena, que en estos tiempos del rey Herodes o el Intruso Pilato es mucho más lo que se dice acerca de la generosidad del pueblo judío que lo que en realidad puede suceder en una oportunidad como esta. Es la fiesta de la Pascua, y como en toda fiesta, son más los que se apresuran a ubicarse en Jerusalén para engañar incautos que los que disponen su espíritu y su tiempo para ayudar a los peregrinos con los pormenores de la ubicación y el turismo en la ciudad santa.

Como en toda celebración multitudinaria la Dirección de Prevención y Atención de Emergencias Romana ha dispuesto un centenar de soldados en los alrededores del templo de manera que si ocurre cualquier alboroto usen desmedidamente su fuerza y se disuelva la turba rápidamente con el mejor desarmador de motines que ha existido en la humanidad: el pánico. Las autoridades del templo por su parte han dispuesto una guardia que se encargue, sobre todo, de que nadie pueda equivocarse de lugar en la ubicación predestinada que tienen las personas al interior del sagrado –el más sagrado- de los recintos. Verá usted, Al entrar al templo de Jerusalén todas las personas tienen boletería numerada, no se crea que es como esos espectáculos de rock a los que asisten los jóvenes hoy en día –la juventud, ¿qué hacer con la juventud?- allí todo está distribuido minuciosamente, las mujeres y los gentiles simpatizantes, que aún no son judíos oficialmente, allá, lejos, donde ni se les vea ni puedan ver, y como aún no han inventado las pantallas ni los LCD´s pues a llorar a los olivos, al monte. Siguen los hombres en otro lugar, más privilegiado, pero claro, como en las misas del padre Hollman, los que pagan se hacen más adelante. En otro lugar están los levitas, los sacerdotes según su rango y por último los sumos sacerdotes, que en aquella época había unos 3 o 4, cada uno con su pequeña “mafia ortodoxa” que los respalda en una batalla argumental que se da cada año por estas épocas y que en este momento del relato en particular van ganando Anás y Caifás, que ya con los nombres tiene uno para tenerles miedo. Un hombre llamado Caifás es capaz de todo.

¿Bueno (se preguntará el lector, porque de vez en cuando los lectores preguntan cosas) y a que venía el cuento de Ishmael, será que el hombre tras las teclas lo ha olvidado? He aquí la respuesta: Ishmael ya viene atravesando la ciudad de Efraín que dista unos 3 ó 4 km de su destino anhelado. En la caravana, que está conformada por unas 63 personas, vienen niños, niñas, mujeres y hombres que continuamente levantan la voz y entonan canciones como toda caravana en la historia de la humanidad que se haya desplazado de una ciudad a otra en esos gloriosos días en que las personas deciden dejar de trabajar. Algunas canciones como esa de Matisyahu que dice: “Jerusalem, if I forget you, fire not gonna come from me tongue. Jerusalem, if I forget you, let my right hand forget what it's supposed to do”. 
Los niños emocionados corren por entre los adultos jugando y algún hijo de vergüenza va recitando los salmos según la tradición en esa entonación que se supone dispone el espíritu para encontrarse con el inventor del tiempo, el verdadero Santo de los Santos en cuyos nombres no encuentra usted ninguna U. El anciano de la Caravana: Rubén, es el alma y a la vez el inconveniente temporal del grupo. Con seguridad sin sus historias, sin su manera de animar el camino describiendo cada lugar como si allí hubiera nacido y crecido, como si hubiera vivido 100 vidas una en cada lugar, el viaje hubiera tenido momentos de incómodos silencios, de esos que se dan en las familias desde los días en que a Caín le preguntaron si había visto a su hermano. Pero también con seguridad, si sus rodillas funcionaran mejor, si no se fatigara cada 300 metros, si no hubieran tenido que esperarlo tantas veces, probablemente sus ojos ya habrían gozado del maravilloso espectáculo del brillo del templo y la explanada que se alcanza a ver por encima de las murallas de la ciudad destino.
Rubén ha puesto un tema entre los hombres que ha despertado todo tipo de emociones y discusiones durante las últimas 4 horas de camino, que en realidad han sido unas 3 horas de camino y una de pequeñas esperas a que su deficiente condición física le devuelva las fuerzas para seguir adelante, pero nunca callando, nunca dejando de hablar o escuchar al que habla, no se oye un silencio en este grupo desde la última vez que todos tenían la boca cerrada junto con los ojos. ¿Tiene sentido seguir celebrando una fiesta de la Libertad, cuando a unos metros del lugar del sacrificio está el palacio del representante del imperio?, ¿no sería mejor suspender la fiesta como acto simbólico, y proclamar una huelga general y dejar de comer y lamentarnos delante del templo hasta que los romanos decidan irse?, tal vez matarían a unos cuantos, pero no a todos, y al final, sin necesidad de una guerra podríamos lograr un nuevo éxodo, que esta vez sea de los opresores y no de los oprimidos… unos a favor, otros en contra, todos estaban seguros de que había demasiado agitador entre el pueblo y demasiada gente entusiasmada con profecías que tenía las manos listas para empuñar algo con que expulsar a los romanos. Soluciones pacíficas no iban a darse en este tiempo, que Gandhi no ha nacido ni nacerá cerca de aquí. Así que por ahora es mejor que corra la sangre de los corderos, de los pichones y de los prepucios, es decir: dejar las cosas como están, que es para muchos la única manera de resistir. No así para el hombre que anima y alienta otra caravana que se acerca por Jericó.

Grupos de comerciantes y promotores de turismo informal se ubican en cada una de las entradas de Jerusalén, como vendedores de achiras y mapas junto al peaje. Esperan a las caravanas que ya han empezado a entrar y les ofrecen toda clase de mercancías, productos y servicios, desde alojamientos, arriendo de campos para elevar tiendas (carpas), túnicas para la celebración, corderos, hierbas amargas, pan ázimo y demás ingredientes de la tradicional cena, o filas en los primeros puestos para la fiesta principal de la espiritualidad Judía, la noche de la pascua, cuando juntos recuerdan la noche en que huyeron de Egipto y dejaron de ser un pueblo esclavo, para correr detrás de la promesa hecha por su dios, de tener una vida de la cual no tuvieran que avergonzarse. Luego, como siempre pasa cuando la divinidad se comunica, malinterpretaron los mensajes y creyeron que la promesa había sido un pedazo de tierra, y no saben ustedes la que han armado con ese cuento a lo largo de 24 siglos hasta hoy.

Ishmael y los suyos se encuentran a unos 300 m de la muralla de Jerusalén, por la entrada del camino que viene de Betania, que no es el lugar por el que se supone que deberían entrar, según el itinerario que traían, pero ya que Rubén logró persuadirlos de pasar por Betfagé porque según él en ese pequeño pueblo se produce el mejor de los vinos de toda Judea y, tal como argumentó para convencerlos, ¿quién ha bebido más vino que este viejo entre nosotros, para saber cuál es el mejor? Ya con algunos cueros llenos del buen vino se dirigen pues a la ciudad, Yacob abre los ojos como si fuera un muñequito manga, las mujeres se acomodan los vestidos, los niños dejan de jugar y empiezan a gritar entusiasmados “Llegamos a Jerusaleeeen, llegamos a  Jerusaleeeen”, los hombres organizan sus equipajes sobre los burros de carga, Rubén e Ishmael se ubican de primeros en la caravana y levantan las Manos al cielo recitando, en esa manera de recitar judía que es canto y poesía a la vez el salmo 68 (67):
“Cantad a Dios, cantad himnos a su nombre; alabad al que cabalga sobre las nubes. ¡Alegraos en el Señor! ¡Alegraos en su presencia! Dios, que habita en su santo templo, es padre de los huérfanos y defensor de las viudas; Dios da a los solitarios un hogar donde vivir, libera a los prisioneros y les da prosperidad; pero los rebeldes vivirán en tierra estéril.
Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo marchando a través del desierto, la tierra tembló,  la lluvia cayó del cielo, el Sinaí tembló delante de Dios, delante del Dios de Israel. Oh Dios, tú hiciste llover en abundancia para renovar las fuerzas de tu tierra seca. Tu pueblo se estableció allí y tú, oh Dios, por tu bondad, le diste al pobre lo necesario
Oh Dios, mi Dios y rey,  en tu santuario se ven las procesiones celebradas en tu honor. Los cantores van al frente y los músicos detrás, y en medio van las jovencitas tocando panderetas. ¡Bendecid todos a Dios el Señor! ¡Bendígalo todo Israel reunido!”
Pero su canto se interrumpe por una algarabía entre los comerciantes, los peregrinos y una caravana que se acerca, al principio no se entiende bien que sucede, las mujeres que se encontraban en la puerta de la ciudad corren hacia dentro buscando a sus maridos, los hombres que comerciaban corren sus mesas para acercarlas a la entrada como si una avalancha de compradores se aproximara tal como sucede en las inauguraciones de los almacenes Zara, llegan unos 6 soldados romanos, uno a caballo, y algunos judíos de la “mafia” de Anás murmurando como hacen todos los conspiradores, los chismosos y los calumniadores. Muchas de las personas que también van llegando y que anhelan entrar pronto a la ciudad, encontrar un lugar y acomodar todos los corotos para descansar un rato después del viaje, están confundidos con toda la alharaca, al igual que Rubén e Ishmael, que ni pudieron seguir cantando y cuando una canción es interrumpida, siempre queda en la memoria el signo intermitente de “pausa” que impide que uno pueda olvidar que en algún momento debe terminar lo empezado. Pero en cuanto Ishmael camina atravesando su comitiva hasta llegar al final de ésta y logra ver a los peregrinos que se les acercan lo comprende todo… los que se aproximan son el Nazareno y sus Amigos, una caravana mucho menor que la suya, que apenas contará con 25 a 30 personas en la que vienen apenas 3 niños, unas 8 mujeres y alrededor de 18 hombres.
El Nazareno, como le dice la gente que le ha conocido de alguna forma, es un profeta de Galilea, que ya es un mal comienzo porque decir Galilea es como decir Magdalena Medio, un lugar del que la mayoría de la gente piensa no puede salir nada bueno ni interesante, cosa a la que tampoco hay que pararle muchas bolas, porque esa mayoría de la gente que piensa eso en realidad no es tan mayoría, y esa “no tan mayoría” no piensa, oye y repite, nada más. El profeta ha estado armando alborotos con los Fariseos en cada pueblo donde se le ha ocurrido llegar, todo lo cuestiona, todo lo pregunta, a todo le quiere encontrar una nueva interpretación, cuando no sale con el “han oído que se dijo, pero YO les digo” que ya es atrevido y da un poco de rabia, porque no crea usted que construir una institución religiosa es una cosa tan fácil, eso toma años, que digo años, siglos, y hay que ponerlo todo en su sitio, las creencias, las fiestas, los ritos, los dogmas, pero especialmente a la gente, y ahora viene este aparecido a decir que no, que a ÉL le parece que puede ser de otra manera. No es que diga sandeces, pero es que se pasa… todo esto piensa Ishmael, cuyo pensamiento se mezcló en algún lugar con el del narrador, cosa que entenderán los lectores.

Y Piensa Ishmael, y quedémonos con la narración de su pensamiento ahora, que puede ser más interesante que asistir imaginariamente al show que han montado unos y otros, unos que le apuestan al profeta sin saber exactamente que dijo, que es como apostarle el voto a un candidato político sin…sin haber antes… sin que él… a un candidato en fin, cualquiera. Y otros que han aprovechado la multitud que se congregó para vender ramos, túnicas especialmente diseñadas para ser pisadas por burros que lleven profetas a cuestas, recorridos turísticos por las calles visitadas por el profeta, clases de hebreo para entender eso de “hosanna” qué significa, y lo demás que se nos ocurra: velas, estatuas, escapularios, rosarios, pergaminos con cantos de adoración y alabanza al profeta compuestos en las lejanas tierras de América cuando aún faltan 15 siglos por encontrarlas, fotos de la mamá del profeta, que no venía en la caravana, porque se quedó descansando en Betania, etc. Ishmael, volvamos a su mente, piensa, y es en esos pensamientos donde aparecen las siguientes palabras, porque oiga usted, ya se ha comprobado que pensamos en palabras:
“yo lo oí, en los primeros días de su movimiento, allá en Cafarnaúm, de donde se llevó a los mejores muchachos, muchos de los cuales volvieron desencantados unos meses después, otros no volvieron nunca, algunos ni siquiera se despidieron de sus familias, algunos ni siquiera regresaron a enterrar a sus padres, ¿qué clase de profeta separa a la gente así de los suyos? Lo oí y cuando lo oí me entusiasmé, porque no era un hombre que prometiera cosas, hablaba más del presente que del futuro, decía que nada era más importante que dar, que nada es más fuerte que un corazón que ha escogido por tesoro todo aquello que no puede ser robado ni destruido, decía que hay que perdonar, porque es la única manera de llegar a ser perdonado, y con la necesidad de perdón que tenemos todos, con tantas equivocaciones que todos los días se cometen, al pensar que sólo es importante nuestra vida, no la de los otros. Yo lo escuché y fui a verlo, porque no soy hombre de habladurías, porque no soy de rumores, porque Rubén me enseñó a darle la cara a las cosas, y a ocultar el rostro de lo que no vale una mirada. Y fui a verlo una tarde, cuando terminó de enseñar en la orilla del lago, había estado hablando de peces, de semillas, de perlas, de mujeres que barren la casa y de lámparas que se encienden y se apagan, no era como todos, no hablaba en abstracto, no se paraba delante de la gente a demostrar nada, no estaba ahí como quien quiere ser seguido, aprobado, galardonado… era como quien encuentra un buen lugar para pescar, un sitio secreto en el lago que está repleto de peces, y en vez de guardar el secreto para hacerse rico, llega a su casa, hace un mapa del lago, de los vientos, de las colinas, va luego donde el copista, le pide que haga 40 duplicados, le paga con lo poco que tiene, y se va por todas las calles y los bares de pescadores pegando en las paredes los mapas como si fueran afiches promocionales del festival de teatro. El regalaba lo que había encontrado, decía que lo había recibido gratis, que debía darlo gratis.
Cuando fui a verlo, no me fue difícil acercarme a él, la barca en la que había estado sentado mientras hablaba era de los hijos de Zebedeo, con quien he trabajado desde que mis manos estuvieron listas para amasar el barro. Los muchachos me conocen y me quieren, y por eso me llevaron directamente donde el Nazareno. Al principio estábamos a su alrededor unas 20 personas, hombres, niños, mujeres, y como siempre, como ratas espiando; fariseos, esos oficiales de la religión que tienen alergia a la libertad y la autenticidad, anotando en su memoria cada palabra que le oían a él. Pero luego se dirigió a mí, me miró a los ojos y me dijo: “Ishmael, has venido a buscarme, vamos a caminar por la orilla del lago y me cuentas lo que has venido a decirme, yo ya he hablado mucho el día de hoy” cuando la gente como él expresa deseos tan personales, nadie se opone, seguro muchos querían hablar con él aquella tarde, pero habló conmigo.
Le dije que yo era un buen tipo, que tenía familia, que tenía hijos, que había trabajado desde muy joven porque no me interesó viajar, ni comerciar, ni nada que tuviera que ver con acercarme a desconocidos, soy un tipo de familia, me gusta tomar vino con la gente del pueblo que conozco de toda la vida, me gusta salir a orar a las colinas junto al lago, especialmente en compañía de mi mujer, Hannah, que ama, como él, orar con los ojos abiertos mirando al lago. Le dije también que tenía muchas inquietudes, que al oírlo llegaba a casa y no podía dormir, pensaba mucho en si había nacido para hacer vasijas y cuencos, que si Cafarnaúm era el límite de mi alma, que si dios podía estar contento conmigo, aquí, tan minúsculo, tan metido en mis cosas, tan poco parecido a él, al profeta, que caminaba por todas partes, que entraba a cualquier casa, hasta a la casas de las putas, donde nadie entraba de día, y menos con la cara descubierta.
Le dije que sentía que no tenía palabras interesantes que decir, que todas mis historias podían escribirse en un solo trozo de madera, que al oírlo sentía que me brotaban ideas, cuentos, cantos, y sobre todos gritos, muchos gritos. Quería gritar a los fariseos que habían estado espiando junto a nosotros, que se sienten en la obligación de decirle a los demás como tienen que vivir, quería gritarle a los comerciantes que se aprovechan de los pobres, a los prestamistas que los ahogan con los intereses, a los hombres que golpean a sus hijos por un error cualquiera, poniendo en sus manos lágrimas cuando deberían tener juguetes, a los rebeldes que imponen sus ideas de guerra contra los romanos, condenando a nuestros hijos a una muerte segura y vergonzosa, estaba emocionado, y todas las cosas que en el mundo concibo que no deberían suceder encendieron una rabia que podía sacar delante de él, que me oía atento, hasta que puso una mano en mi hombro, giró, se puso frente a mí, y me dijo: “Ishmael, tengo algo que decirte: no somos mejores que todos los hombres que hacen esas cosas horribles, no somos una pizca mejores, si no somos capaces de acercarnos a ellos y lavarles los pies. No tendremos una sola porción del reino de los cielos, si no somos capaces de amarlos hasta dar la vida por ellos, porque sólo el que ama sin condiciones ha encontrado la esencia de su corazón, y sólo el que la encuentra, sabe que vive ya en el reino”.
No volví a verlo, no quise volver a escucharlo, aunque seguí escuchando de él, no sólo sus palabras, sino leyendas a su alrededor, cosas que nadie podía pensar que hizo, cosas que no pudo haber hecho otro. Ahora está aquí, a unos metros de nuevo, quisiera hacer como si no lo hubiera visto, como hace uno cuando no tiene ánimo de saludar a nadie, cuando evita miradas. Pero me he atravesado la caravana completa y estoy casi frente a él, sin duda me ha reconocido, sin duda me recuerda, dicen que nunca jamás olvida una cara, ni un nombre, tal vez se pregunte porque nunca volví a verlo, por qué no volvimos a hablar… qué más da, no perderé nada en acercarme y desearle la paz”

Ishmael de Cafarnaúm camina hacia Jesús de Nazaret, Jesús camina hacia Ishmael, se llaman por su nombre, se dan un abrazo, Jesús parece mucho más cómodo con el abrazo que Ishmael, los dos pronuncian el “shalom” mirándose a los ojos. No hay preguntas estúpidas cuando se encuentra uno con un hombre así, no se dice: “Jesús, cuánto tiempo..! ¿Qué hacen por aquí?”, no hay un “¿y eso, vienen a la pascua?” a lo que sólo se podría responder irónicamente: “no, vamos a esconder el santo grial en Francia..!!!” cuando uno se encuentra con un hombre así no se dicen cosas que sobran. Así que Ishmael no dice nada, porque no sabe qué decir, porque sabe que todo lo que se le ocurre decir sobra, así que Jesús habla, con naturalidad, no es Jesús un tipo que ponga cara de activista de izquierda para decir frases célebres cada vez que abre la boca. ¿Ya tienen donde quedarse, ya han escogido un lugar? No. Hay mucho espacio en Betania donde vamos a quedarnos con mis amigos. Somos más de cincuenta personas. Con seguridad donde caben 2 caben 3. Cincuenta es mucho más que 3. Vamos a entrar a abrazar a algunos que han llegado antes, iremos cerca del templo a conversar y en la noche volvemos a Betania, si tú y los tuyos lo deciden o lo necesitan pueden regresar con nosotros y conversaremos en la noche, hace rato quiero saber qué pasó con todas tus preguntas. Lo pensaré, no soy el único que toma las decisiones en la caravana, están mis hermanos y el anciano Rubén. Harás bien en consultarles, nadie quiere un dictador y menos en la pascua.

Se despidieron, la caravana de Ishmael y Rubén entró primero en la ciudad, los comerciantes bloquean la atmósfera con sus gritos, los niños van ahora de la mano de los adultos, caminar en la ciudad no es como caminar en el campo. Los ojos de todos se debaten entre mirar el esplendor de la ciudad y sus calles empedradas o cuidar los equipajes. Caminan y se pierden sus ropas, sus animales y sus cuerpos en la ciudad. Detrás viene la caravana de Jesús, aunque vienen riendo y cantando, y a Jesús le ha emocionado volver a ver a Ishmael, en sus ojos hay un cierto aire de seriedad que a sus amigos les preocupa porque siempre que tiene esa mirada empieza a hablar de despedidas, de finales, y de muerte. Y este hombre, créanme, siempre sabe de lo que habla. La mirada del Nazareno va fija en el edificio del templo, la caravana entra y la gente vuelve a la gritería y el comercio, cuando alguien grita “es el profeta, es el profeta”, algunos de los presentes que han oído hablar del profeta de Nazaret, salen a saludarlo, no están seguros si éste es el que habla del amor, o el que dice que hay que irse en guerra contra Roma, no están seguros si es éste que viene delante o el del burro de atrás, sólo gritan porque les está dado gritar, puesto que de eso se trata la vida en la puerta de la ciudad, se acercan algunos de los amigos que ya habían llegado con anterioridad a la ciudad, gritan de alegría también, le dicen “maestro” y “profeta” y “mesías” como quien dice “parce”, “compadre”, “Mi Yave” que ya encierra un subliminal pero no todos se dan cuenta, porque en el combo de Jesús todos tienen apodos, y esos son los suyos.

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