Setenta y cuatro
cartas escribió a su hijo Mario el Señor Gregorio Aponte durante los dos años
en los que no tuvo contacto con él. Cada carta tenía el mismo comienzo y el
mismo final. Cada carta estaba igualmente interrumpida en algunos trozos, por
las gotas de llanto que le era inevitable dejar escapar y que terminaban
secándose sobre el papel, convirtiendo la hoja plana en una especie de
geografía del dolor y del amor, con pequeños montes en los que las letras se
volvían ligeramente borrosas o parcialmente más grandes que en los espacios de
la hoja en los que las palabras no habían tenido la suerte de ser escritas con
algo más que tinta. Setenta y cuatro cartas habían sido el último recurso para
tratar de tocar en la distancia a ese pedazo de sí mismo que le huía, a esa
otra vida que se le escapó de las manos como a tantos padres, como a todos los
padres, porque ser padre es crear la cercanía suficiente con los hijos,
dándoles cada cosa que les haga crecer y hacerse grandes, de manera que los
hijos se vayan tan lejos como puedan con las fuerzas que tienen. La noche en
que lo perdió, fue a buscarlo en las casas de los amigos, de la novia, de ese
otro par de amigas que tenía y con las que él sabía que se portaba aún más
cariñoso y apasionado que con su novia. Ninguno de ellos sabía nada, o no iba a
decir nada sobre Mario, no lo habían visto, no habían hablado con él, no tenían
ninguna idea sobre lo que pudo haber hecho. Esperó a la mañana siguiente, con
una ilusión inútil, que llegara a la casa haciendo mala cara y encerrándose en
su cuarto. Pero él sabía muy bien que su Mario no iba a regresar esa mañana,
porque conocía exactamente todas y cada una de las prendas de ropa que se había
llevado y las que había dejado, que eran exactamente las que nunca se ponía,
aunque su mamá le insistiera con ese único tono que tienen las mamás, en el que
las órdenes, los consejos y las preguntas se mezclan para acorralar a los hijos
en respuestas que éstos nunca saben dar. No estaba tampoco la maleta que usaba
para sus viajes de fin de semana, no estaban los 6 cd´s que siempre escuchaba
mientras estudiaba, se bañaba, arreglaba su cuarto o cualquier otro tipo de
actividad que a ciertas edades resultan imposibles de llevar a cabo sin poner
algo de música de fondo. No estaba su cepillo de dientes, ni su cuchilla de
afeitar, ni estaban el carro y los 18 millones de pesos que su padre había
guardado en la caja fuerte de su casa, fruto de la venta del otro carro que
tenían y que había demorado en llevar al banco por alguna razón que nunca pudo
recordar del todo y que jamás supo si agradecer o recriminarse, porque tal vez
el acceso a ese dinero había sido el detonante de la partida de su Mario, de 23
años, que en pleno séptimo semestre de ingeniería de sistemas había decidido
tirar a un lado todo, absolutamente todo, pues en esos dos años había usado
todos y cada uno de sus talentos para destruir todo lo que podía haber llamado
“vida”, no sobrevivió a su fuerza autodestructiva la universidad, ni sus
amigos, ni sus hobbies, ni su salud, ni su mente… todo había quedado destrozado
en 740 días que duró su desaparición, no del todo exitosa. Y cada 10 tardes de
esos veinticuatro meses y diez días, su padre se sentaba en el viejo escritorio
del estudio, tomaba el papel, y dejaba allí, sobre el tapete, sobre la madera,
sobre el papel, y sobre el aire que desde la eternidad se ha movido sin
detenerse, un testimonio de sus más profundos pensamientos, de lo que vivía por
dentro, que no siempre concuerda con lo que se vive por fuera, y de las razones
– ideas, convicciones, sentimientos, promesas, todo eso son razones válidas
para hacer – por las que no iba a
dejar de buscar, de escribir, y de querer.
Hace 6 días que
Mario duerme de nuevo bajo el techo de su cuarto, después de haber estado dos
días en cuidados intensivos en la clínica central de cardiología, dos días en
una habitación de la misma clínica, y haber dicho, en cuanto pudo recuperar el
aliento teniendo frente a sí a su familia: “Papá, quiero mi cama, mi vida, y tu
perdón…”. Una sobredosis de drogas le causó una severa falla en el corazón como
fruto de una miocardiopatía. Un cuidador de carros de la carrera 12 lo encontró
en el piso y logró que lo llevaran al hospital más cercano, de donde lo
trasladaron a la clínica para intervención quirúrgica inmediata. Sin papeles,
sin ningún tipo de identificación, sin consciencia, los doctores lo atendieron
como un habitante de la calle registrado bajo un nombre típico que se usa para
estos casos. Sólo hasta que empezó a despertar, tal vez con el recuerdo de su
último exceso pudo comprender la gravedad de su condición, y no uso las
primeras fuerzas para preguntar qué hacía allá, o qué le habían hecho, sino
para decir el nombre de su padre y pedir que lo llamaran. Hoy ya se está
recuperando en su cama, y lentamente su vida ha empezado a regresar a él, su
hermana lo mira todas las mañanas desde la puerta, se arrodilla junto a su cama
y le besa las manos, luego se va a trabajar y vuelve al mediodía, para
conversar un rato con él, y en la noche lo acompaña, en silencio, mientras
personas entran y salen de la habitación. Si piensa algo diferente a estas
cosas que hace, nunca lo dirá.
Su Padre aún no le
ha dicho una sola palabra sobre lo que pasó, sobre los dos años más difíciles
de toda su vida, quizá porque sabe que los dos años de su hijo también fueron
difíciles, tal vez porque no quiere recriminar a un convaleciente, tal vez
porque no le importa nada de lo que haya pasado, sólo quiere verlo, y encargarse
de que vuelva a la vida. Sin embargo, cumplidos los diez días desde que se
sentó por última vez en ese escritorio, don Gregorio vuelve al estudio, justo
debajo del cuarto de Mario, toma una hoja de papel, y decide decir todo lo que
cree que debe decir, llorar todo lo que cree que debe llorar, y querer todo lo
que cree que debe querer.
La carta número 75
de don Gregorio Aponte a su hijo Mario, dice:
“Hijo: VEN.
Las palabras no
tienen que ser largas para tener demasiado significado. En esas 3 letras se
encierra todo lo que creo, todo lo que pienso, todo lo que necesito, todo lo
que sé que te hace falta.
Soy feliz por
tenerte aquí.
La felicidad es
algo muy diferente de lo que hemos creído. Pienso que ahora lo sabes. Pienso
que ya puedes decir conmigo que no hay sensación placentera, experiencia
emocionante, ni adrenalina ni éxtasis que se comparen con la posibilidad de ser
feliz, algo que no se parece en nada a todas esos momentos, que pueden ser
importantes para alguien, que pueden convertirse en un excelente coctel de
conformismo para muchos, pero que son apenas una fotocopia borrosa de lo que se
vive en cada célula y en cada rincón sin cuerpo que tenemos dentro, cuando de
verdad somos felices. La felicidad somos nosotros, la felicidad son los otros.
No sé exactamente
qué cosas te pasaron, qué cosas hiciste, y aunque en algunas de mis cartas te
lo pregunté, hoy no quiero ni necesito saberlo. El que necesita saberlo eres
tú. Lo único que sé es que tu camino te trajo hasta mí. Y aunque en ese camino
hayas estado probablemente solo, triste, distraído, emocionado con mentiras y
aficionado a fantasías que se te deshicieron en las manos, si tu meta era
vivir, hoy lo estás haciendo, hoy estás conquistando esa meta. No me hacen
falta tus arrepentimientos ni me hace falta que me des demostraciones de
cambio, porque lo que yo quiero es que vivas, y si eres capaz ahora de hacerte
cargo de eso, que vivas es lo único que importa.
Pero la vida
también es algo muy diferente de lo que hemos creído. Tal vez ahora, que
estuviste en la puerta de la muerte, lo sepas. Me parece a mí, que soy un
viejo, que no he vivido lo suficiente aún pero que ya he vivido algunas cosas,
que tenemos una idea muy pobretona de la vida, muy humillante si se quiere.
Creemos que vivir es apenas existir, sobrevivir, pagar las cuentas, comprar las
dichas, demostrarle a los demás que podemos ser alguien, y matarnos a diario
para convertir los lugares y las cosas en motivos de satisfacción. Saramago
decía que hace rato que los hombres le dimos a las cosas el lugar que deberían
tener las personas, y viceversa. Y vivimos por las cosas, por los recuerdos de
nuestras hazañas, por las ilusiones de nuestras aventuras, aventuras de niño,
de joven de viejo, qué importa, si en últimas queremos que la vida sea otra
cosa. Pero la vida, hijo mío, la vida somos nosotros, la vida son los otros.
En mi pecho de
viejo, hay un espacio en el que nunca dejaste de estar, porque un hijo nunca se
va del todo, porque ustedes son árboles caminantes que se van a echar raíces a
otras tierras, pero nunca pueden arrancar del todo las que los hicieron crecer
y mirar al sol. Esas siempre se quedan en casa. Y tus raíces están enterradas
en mi pecho. Es por eso que en cada día de tu ausencia te sentía, te sabía, por
eso en cada momento aunque no supiera de ti, podía saber quién eres. Hoy ese
espacio tiene otro color y otra luz. Hoy no eres sólo la ilusión de un padre
que se despertaba a mirar las noticias y los periódicos con el corazón en la
mano esperando que no aparecieras, o que cada diez días enviaba a la misma
dirección postal una carta que en algún punto dejé de saber si recibías. ¿Me
leíste?
Hoy eres la
realidad de un amor que no se niega, que no se condiciona, que no tiene
pendientes, ni peros, ni excusas, ni discreción. Hoy puedo decirte que te amo
con la misma fuerza que en todas las cartas anteriores, pero mi amor no es un
golpe al viento y hoy lo sabes.
Sin embargo, el
amor es algo muy diferente de lo que hemos creído. Imagino que en este momento,
cuando tu corazón estuvo a punto de apagarse precisamente por sus mismas
inclinaciones y pasiones, lo sabes. Amamos para “conquistar”, una palabra odiosa,
llena de ideas de invasión, de propiedad, de destierros. Y convertimos el amor
en un fetiche para exhibir, un teatro para emocionar y conseguir algo distinto,
en una simple herramienta para abrir puertas que los demás aún no están seguros
de querer abrir. Olvidamos que el amor es todo aquello que saca lo mejor de
nosotros, es todo lo que nos permite engrandecer el horizonte de los que
amamos, que el amor es una certeza que ahuyenta espejismos entre nosotros y los
demás. Olvidamos, hijo, que el amor somos nosotros, que el amor son los otros.
Me dijiste que
querías mi perdón. Y en todos los días de tu ausencia no hubo nada distinto a
eso sobre tu plato en nuestra mesa. Dolió, claro, me sentí despojado,
abandonado, me sentí recibiendo exactamente lo contrario de lo que merecía,
claro. Pero no soy tu dueño, y desde que supe que vendrías a mi vida, supe
también que esa vida pequeñita y sagrada que se abría paso por llegar era tuya,
era tu única realidad, tu tesoro, lo único a lo que podrías aferrarte
indiscutiblemente. Quien tenga hijos esperando que nunca hagan algo doloroso o
desconcertante no quiere criar hijos, quiere entrenar mascotas. Y tú eres mi
hijo, con una vida, una mirada y una libertad propias. Además, los dolores más
profundos no son los de mis sentimientos, sino los de tus heridas. Y de esas,
tendrás que perdonarte tú mismo, sabiendo que siempre estaré aquí para que se
curen. Mi casa no se abre para ti por un acto de remordimiento de tu parte, se
abre para ti por el camino que recorriste para regresar, porque en ese camino,
que no has terminado de andar, debes saber que todo lo que hay aquí te
pertenece, que mi casa se abre para ti porque es tu casa. Nunca entendí porqué
creíste que tenías que tomar por la fuerza lo que es tuyo, o porque a veces tu
hermana siente que debe reclamarlo. Seguro que hay cosas que no he dicho del
todo bien, porque mis hijos no saben aún que esto les pertenece. Te perdono,
claro, no tienes que volver a decirlo. No tengo que decirlo de nuevo tampoco.
Sólo necesito que lo sepas, que nunca lo olvides, que nunca dudes que pase lo
que pase, y hayas hecho lo que hayas hecho, mi amor está intacto, y que estoy aquí
siempre.
Es que el perdón,
hijo mío, el perdón somos nosotros.
En cada uno de los
días en los que has existido he sabido que no hay distancia, fuerza, error o
decisión que pueda apagar el amor que te tengo, y esa llama hijo, cuando te
toca no te quema, te enciende.
Tu Pa.”
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
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