“Ciento
cincuenta pesos menos”. Abrí los ojos sorprendido y cuando quise preguntar,
decidí mejor encoger los hombros, pagar, tomar el periódico y e irme para la
cafetería en la que cada mañana nos encontramos con Raúl y Jeremías, a
desayunar, leer la prensa y hablar durante horas sobre todos los temas de los
que es posible hablar a estas alturas de la vida. Cuando llegué, Raúl ya estaba
allí, tomándose un café oscuro y con los lentes puestos mirando fijamente el
periódico. Entré, saludé a la empleada de la cafetería, me senté en frente de
Raúl, él estiro la mano lentamente, distraído, más bien, concentrado en lo que
estaba leyendo, y no dijo una sola palabra. Miré el titular del periódico que
él sostenía en las manos y un frío punzante recorrió el centro de mi cuerpo,
desde la punta de la cabeza hasta el final de la columna, tuve escalofrío y se
erizaron todos los vellos de mis brazos. “No puede ser” fue lo único que pude
decir.
A nuestro amigo
Jeremías Gil lo habrían detenido la noche anterior agentes de los servicios
judiciales del estado, se encontraba recluido en una prisión a la espera de
poder ser escuchado en indagatoria en la tarde de hoy. Se le acusaba de
calumnia, complot para la desinformación, injuria y atentar contra la
reputación y el buen nombre de varios funcionarios del gobierno. El titular
ocupada toda la primera página “Total Solidaridad con Jeremías Gil”, ni una
sola palabra más en todo el espacio de la hoja, y el lugar reservado para su
habitual columna de todos los lunes, estaba en blanco. Media página del
periódico sin un punto de tinta, tan sólo una frase al final del vacío: “Debido
a las palabras faltantes en la edición de hoy, paga usted 150 pesos menos”.
Raúl me contó que se había enterado de la misma manera, por lo que creía que
probablemente su esposa estuviera detenida con él, y probablemente su hijo no tuviera
todavía noticia de lo que pasó con ellos. Se supone que no había procesos en su
contra y que simplemente le había pedido el director del periódico que matizara
un poco las columnas para que no fueran tan duras y tan pesimistas. Hasta ahí
sabíamos, y el viernes cuando nos encontramos lo notamos tranquilo,
entusiasmado con las cosas que había estado revisando y recopilando para su
próxima columna, tranquilo porque iba a estar el fin de semana fuera de la
ciudad descansando con su esposa.
Salimos
inmediatamente Raúl y yo para la sede de los servicios judiciales, intentamos
averiguar por todos los medios posibles por la suerte de nuestro amigo, pero
nadie daba razón alguna. Hicimos un par de llamadas a personas que conocíamos y
nada, no había quien pudiera saber con exactitud lo que había pasado. Entonces
sonó mi teléfono. Era el director del periódico, diciéndome que a Jeremías y a
su mujer los habían capturado el viernes en la tarde, que parece que habían
estado torturándolo y que nadie conoce el paradero de ella, que tal vez lo
dejen libre si se determina que la audiencia debe ser pública, para no darle la
oportunidad de hablar delante de las cámaras, que han sido vetados sus escritos
y prohibidas sus columnas, y que todo es parte de una orden directa del jefe
del gobierno.
Sólo nos restaba
esperar. Si la audiencia era sellada y clausurada para el público tal vez
nuestro amigo tuviera oportunidad de defenderse, si no era así, era muy
probable que lo dejaran en algún operativo dentro de su casa, amenazado en caso
de que llegue a dar la cara, y peor aún en caso de que llegue a salir a dar
declaraciones, quizá puede considerarse muerto. Eso era una prueba de que
probablemente si le habían maltratado, y que por el aprecio que tantas personas
tienen a sus palabras era mejor mantener oculto el tratamiento que se le había
dado por hablar siempre en contra de las decisiones de los mandatarios y en
contra de las políticas de los países extranjeros.
Parecía que a
Jeremías Gil nada le complacía, nada lograba gustarle del todo. Pero no era
verdad, yo lo conocí cuando apenas éramos unos muchachos, y era el que siempre
vivía enamorado, que tenía un toque de poeta, escribiendo siempre cosas en sus
cuadernos y nunca mostrándoselas a las personas que le inspiraban esas
palabras, que nosotros leíamos sorprendidos y emocionados. Era el que nos
calmaba las rabias, porque odiaba las peleas, tanto como luego odiaría todas
las guerras, las armas, y todos los inventos con los que la humanidad se
esfuerza por encontrar mejores formas de hacer daño. Era un tipo amante de la
paz, de la paz en su casa con su familia y la paz de las calles, por eso nunca
participó en movimientos de protesta, nunca terminó dándose puños en una
fiesta, nunca denunció al tipo aquel que lo amenazó con “mandarlo al hoyo”
cuando tuvo una discusión con su ex novia y el cavernícola que entonces andaba
con ella salió a defenderla. Decía siempre que “las mejores peleas son aquellas
de las que uno logra huir antes de que empiecen”. Lo que si tenía por dentro
era una profunda indignación con la injusticia y con todas las cosas que no
permitían que se cumplieran los ideales de las personas. Por eso se hizo
periodista, porque sabía que tenía cosas que decir y quería decirlas pronto,
porque aunque en momentos le daba miedo abrir la boca siendo tan joven
(escribió sus primeros artículos en “El Profeta” el periódico de la universidad
cuando iba en segundo semestre, y la mayoría de los que allí escribían estaban
en su último año de carrera) siempre terminaba escribiendo con autoridad, como
si se sintiera representante de muchas personas, como si supiera que su voz era
la voz de tantos otros que no iban a poder hablar nunca. Ese hombre que muchos
consideraban implacable y que era visto como una amenaza para las políticas de
nuestros gobernantes, también era un tipo simple, tierno, que amaba a su esposa
más que a sí mismo, y que daba la vida por su hijo, a quien tuvo que enviar a
estudiar fuera del país cuando recibió la primeras advertencias de parte de los
partidarios del entonces alcalde Joaquín Jordán, actual presidente del
gobierno.
Seguro había
sido una orden directa del mismo Joaquín, el que lo apresaran, lo maltrataran y
prohibieran la entrada a cualquier medio de comunicación a la audiencia de
imputación. Nos enteramos porque el abogado del periódico nos envió un mensaje
diciéndonos que sería bueno que estuviéramos ahí para acompañar a su esposa,
que iba a estar en la audiencia con él. Salimos Raúl y yo de inmediato para los
juzgados, parecía un lunes festivo a las 3 de la mañana, de alguna manera se
habían encargado de que nadie estuviera por allí, que las calles y el edificio
estuvieran desolados. El abogado nos esperaba en la entrada, lo seguimos hacia
las salas de audiencia y había custodia policial por todos lados, parecía que
estuviéramos asistiendo al juicio de un terrorista.
Una vez en el recinto
nos sentamos con la esposa de Jeremías, nos contó rápidamente que los habían
buscado en su casa, que los habían sacado por la parte de atrás, entraron cada
uno en un carro distinto y no se podía ver hacia el exterior hacia donde iban,
a ella la llevaron a una casa, la encerraron en un cuarto y le dejaron sobre
una mesa un papel con preguntas y un lápiz para que respondiera. No lo hizo.
Sólo volvió a ver a Jeremías cuando lo entraron a la audiencia, se notaba que
estaba lastimado porque cojeaba, pero en su cara no le habían hecho nada.
Toda la
audiencia los acusadores estuvieron leyendo trozos de sus columnas, “que somos
un país de esclavos, que nos hemos convertido en un botín”, “que todas nuestras
batallas están perdidas, que ya nos entregamos en manos de los que arrebatan y
quitan y despojan” “que todas nuestras desgracias son fruto de nuestros
pensamientos” “que somos un país vagabundo, que no somos capaces de controlar
nuestros pies” y con cada cosa que iban mencionando iban interpretando acusaciones,
injurias, calumnias.
Las caras de
odio que vemos frente a nosotros son las caras de los equivocados que detestan
que les digan que lo están, aunque ellos ya lo sepan. Son las caras de los que
no son capaces de reconocer su error aunque ya las consecuencias de sus malas
decisiones les estén pisando los talones. Y entonces, tras tres horas y media
de oír como los acusadores destilan rabia e ironía por todos sus poros, le
dieron la palabra a nuestro amigo, a nuestro hermano, a ese que no dudaba un
segundo en mirarnos a los ojos cuando también tenía que decirnos a Raúl o a mí,
que estábamos equivocados. Se movió lentamente hacia el estrado, se notaba que
le habían pegado en las costillas y en las piernas, respiraba con algo de
dificultad, pero estaba tranquilo, como si las cosas que fuera a decir no sólo
fueran suyas, sino de alguien más importante que todos los que estábamos
presentes, alguien más importante que el mismo Joaquín Jordán Presidente del
gobierno. Podía haberse quedarse sentado, seguro hubiera sido mejor para él
porque estaba adolorido, pero decidió permanecer de pie, tomó la jarra de agua,
sirvió un poco y después de mirar al juez y a los acusadores, lanzó la jarra
contra el suelo, y mientras se hacía pedazos y los agentes se lanzaban hacia
él, el juez levantó una mano en señal de silencio y Jeremías tomó aliento para
pronunciar estas palabras:
“Nadie sufre por
gusto. Que no crea nadie en esta sala que un espíritu de rebeldía sin causa me
hace escribir cada palabra, que no crea nadie que por una terca obstinación me
niego a dejar de decir lo que debo decir, así eso me cause y me haya causado
toda clase de dolores. Yo elegí esto, hubiera podido dedicarme a cualquier otra
cosa, hubiera podido trabajar en otros lugares, haciendo otros oficios, y nada
pasaría, o más bien, todo seguiría pasando, como si nada. Tampoco creo yo que
cambie demasiado el futuro porque escriba unas columnas y unos artículos que no
sé cuantas personas leen o entienden. Lo que si debo decir es que yo también
fui elegido para esto. Los pueblos tienen voces que mandan, voces que ordenan,
voces que dicen desde todas partes lo que hay que hacer. Hay voces que asustan
e intimidan y que se esfuerzan en que todos tengamos temor de mover los dedos
porque de pronto nos estamos equivocando; son los que viven traumatizados con
la libertad, los que desconfían de todo y de todos, y se esconden detrás de mensajes,
apariciones y descubrimientos apocalípticos para hacernos sentir a todos que es
mejor permanecer quietos y no hacer nada. Hay voces que disfrazan la verdad,
que la ocultan, que prefieren que todos estemos confiados en las falsas
esperanzas que nos transmiten todos los días, diciendo que vamos bien y
mostrando sus estadísticas cuando uno sabe que hay 3 vecinos enfermos y no han
sido bien atendidos en el médico, y que hay otros dos que no tienen trabajo y
están pasando angustias. Hay voces que fueron creadas para mantenernos
distraídos, para envolver nuestra mente en fantasías, en historias ajenas, en
ilusiones que no nos pertenecen, donde son otros los que aman, otros los que
triunfan, otros los que tienen suerte, otros los que se meten y salen de un lío
distinto cada día, y terminamos mas emocionados con sus historias de mentira
que con nuestra historia de verdad. Por eso, cada cierto tiempo, dios, la
historia y la vida misma vuelven a recordarnos que la realidad que tenemos
delante tiene un nombre, que tiene un peso y un valor que debemos recordar,
para poder salir a buscarla nosotros mismos, para enterarnos de la verdad con
nuestros ojos, para reconocer a dios con nuestro propio corazón en compañía de
otros que también van en su búsqueda, sin tropiezos ni laberintos misteriosos
que lo escondan por más tiempo, para entender que nuestro presente no debe
someterse a los caprichos de ningún gobernante, jefe, dirigente, en fin, de
nadie obsesionado con mandar o comandar. Y cuando ese tiempo llega, hay quienes
no podemos decir que no a ese llamado, porque quizá desde pequeños íbamos por
ese camino, por qué aprendimos a preguntar, a cuestionar, a exigir y defender,
a hablar sin temor a ser callados, esa es en últimas nuestra labor. Si yo creo
que muchas o todas las cosas que han estado diciéndonos, y que han pretendido
hacer con nosotros, todos los que se creen con cierta autoridad, política,
religiosa, jurídica, moral o económica sobre nosotros, son falsas, o son
verdades a medias, o no se parecen en realidad a lo que debería ser nuestra
vida, nuestra lucha, nuestra fe, etc. no pretendan que calle, porque no lo
haré, no pretendan que entre en el juego de colorear sus palabras y sus
intenciones para que queden más bonitas y menos dolorosas a largo plazo. Yo no
soy más que una voz de este pueblo, no soy más ni menos importante, soy
Jeremías y mil veces hubiera querido no serlo, hubiera preferido ser otro, no
haber tenido esta necesidad en la mitad de las entrañas de escribir lo que he
escrito. Yo no necesito estas palabras, ni estos golpes, ni estar con las manos
atadas fuera de mi casa, preguntándome qué le habrán hecho a mi mujer o a mi
hijo, en realidad no es el sueño de mi vida, y dios tendrá que decirme un día
por qué pasé por todo esto. Pero por ahora, el hambre y la esperanza de mis
hermanos, es mi hambre y es mi esperanza, y si siguen equivocándose, si siguen
haciendo todo como si quisieran desesperadamente que vinieran desde fuera a
despedazar lo que somos, así sucederá, y seremos destrozados como esa jarra,
quedaremos hechos pedazos si no empiezan a enderezar el camino, a dejar sus
mentiras públicas, sus acuerdos para arrodillarse ante el poder de fuera, sus
ilusiones tan bien presentadas para atraparnos cada noche frente al televisor,
y sus miedos predicados para que tengamos más temor de la vida futura que de la
presente, en la que debe estar comprometido nuestro esfuerzo… lo que va a
suceder, es que no va a quedar rastro de lo que tenemos, de lo que somos, se
secarán nuestros ríos y con ellos la piel de los jóvenes que cada día se
ilusionan menos consigo mismos y más con las sustancias que aquí mismo se
preparan para acabar con todo futuro posible a cambio de unos miserables
billetes. Todo es un orden para alejarnos de la Vida, todo es un enredo en el
cual se espera que quedemos atrapados. Que vivan los gritos de los que aún
alientan la Esperanza y de los que buscan la Verdad, de los que saben que sus
labios son ventanas por donde entra la Luz para todos.”
El
diario nunca volvió a tener el precio de antes.
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
(Fragmento del libro: Felicidad comienza con Fe)
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