Cuando Adán dió su último aliento Yahveh se acercó al viejo barro que había moldeado con sus propias manos y se quedó junto a él por un largo rato. Ahora era una tierra gastada, que despedía ese olor propio de la existencia humana: olor a ilusión y deseo, a frustración e inconformidad, a júbilo y miedo.
No era el color de la tierra nueva de aquel día en que fue hecho. Ahora tenía tonos y matices adquiridos en el roce con la vida, en la fantasía de haber criado unos hijos, en la fiesta de haber amado una mujer, en la batalla de lograr el pan y en la satisfacción de masticarlo.
No era la superficie lisa y por estrenar que alguna mañana recibió el soplo divino en medio del edén. Era una figura llena de pequeñas fisuras que jamás se repetirían en ningún otro ser humano, pues cada grieta era una huella de lo pensado, de lo elegido, de lo amado y lo perdido, porque cada línea en aquella tierra seca era una señal de esa autenticidad recibida en el mismo instante en que el barro cobró vida.
Cuando Jesús dió su último aliento Yahveh besó todas y cada una de las grietas de cada hombre y mujer que alguna vez respiraron sobre la tierra, porque esa esencia trabajada que a todos nos hizo únicos no fue hecha para la muerte, ni para el olvido.
Porque las grietas de Jesús validaron las nuestras para siempre.
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