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Alguien me ha tocado (Mc 5, 22-43)

Será en los días del distanciamiento, cuando el mundo ya esté separado entre los que pueden darse el lujo de tomar distancia y los que no. Entre los que pueden cuidarse porque cuentan con la extensión horizontal necesaria para hacerlo y los que son lanzados a apiñuzcarse unos contra otros como fósforos de caja, ya sea en buses, mercados, ranchos o camas. Intente usted protegerse de la pandemia en una casa si a eso se le puede llamar casa, de nueve metros cuadrados a ochenta mil el metro en el que viven Yaneth, Boris su señor marido, Libardo su hermano, Karen la mayorcita, Jeison y Jackson los gemelos, Adrián el pequeñito, con Motas y Aquiles (sentado!) los perros. Serán los días en los que Karen cuidará cuánto tapabocas consiga y lo usará hasta para dormir, y especialmente para dormir, así no tendrá que sentirle el aliento grosero a Libardo cuando se le antoje arrimarse para su lado de la cama.

Yaneth sale siempre a la madrugada, que tiene que tomar dos buses para llegar al almacén que le montó el papá con ahorros de la pensión que logró sacarle a las malas a la empresa de energía de Bogotá. Hubiera sido más grande y con más mercancía si no se hubiera gastado tanto en abogados. Pero bendito sea el negocio que aseguraba la comida de los muchachos y las cositas que pedía la niña que ya no era tan niña.

Boris y Libardo hacen trasteos. Se llevan a uno o dos muchachos del barrio en el camión y salen a esperar la llamada del patrón para irse de un lado de la ciudad al otro cargando cajas, camas, neveras, lavadoras, muebles y cuanto coroto se le ocurre al cliente mover a su nueva casa. Son cuidadosos y puntuales. Libardo más conversador con los clientes, pero Boris más atento a lo que les pedían. Serios para el trabajo porque pa' joder están las noches cuando el camión ya está apagado. Por eso les va bien, por eso hay para pagar los recibos de los servicios, que son de las pocas cosas que llegan hasta ese escondedero, y el uniforme de fútbol de los gemelos.

Jeison y Jackson son idénticos. Pero igualitos en el más minucioso de los sentidos. Por eso no paran de pelear un instante. Siempre quieren las mismas cosas y como no hay para multiplicarlas arman el enredo. Les gustan las mismas canciones, la misma ropa, juegan en la misma posición, se saben los mismos chistes y si no fuera por los tres lunares que Jackson le sacó al papá detrás de la oreja, uno pensaría que algo muy raro pasó para que dos seres humanos fueran tan calcados.

Adrián será distinto a todos. Pero nadie más que ustedes lo sabe hasta ahora. 

A Karen la pasan a recoger dos amigos todas las mañanas en la puerta del colegio de sus hermanos, ella los lleva y solos se devuelven. Es buena hermana, buena hija, y un peligro absoluto para la sociedad. Los tres roban todo el día, a toda hora, en la calle, en las tiendas, en los supermercados, en los buses, en los semáforos les quitan todo a los que venden gaseosas o a los que piden monedas a cambio de limpiar vidrios. Una vez le robaron a dos rateros que salían de un chance con una maleta llena de billetes. Dos días después les tocó entregarle todo a un capo que vivía a 6 calles del colegio de los gemelos - hay que ser de malas en la vida - y trabajarle dos fines de semana para que los dejara quietos. Nadie fuera de su casa sabe cuántos años tiene, ni porqué dejó el colegio, y cuando le preguntan por qué no trabaja en el almacén de la mamá responde con dos piedras en la mano. Nadie sabe si le gustan los hombres o las mujeres porque no se le ha conocido un amor, no baila, no anda con nadie más que con esos dos. Y lleva como doce años de calle.

Karen va a ser la causa de que Adrián sea distinto a todos, pero ustedes se enteraron primero que ella. 

Lo que pasa, o para ser más preciso, lo que va a pasar, es que Karen va a salir mañana como todos los días a buscar celulares, billeteras, relojes o computadores al transmilenio, que en los días del distanciamiento es igual a los días de antes pero con las caras a medio tapar. Y cuando esté a punto de bajarse en la estación de Marly, en el tercer bus del día, nerviosa porque cree que un policía la vió agarrar una billetera y moverse entre la gente, escuchará al dueño de esos papeles decir justo detrás de ella: "alguien me tocó", porque el hombre va con afán para la clínica de Marly, y porque por andar pensando en el policía, Karen no se fijó que el hombre se movió también entre la gente siguiéndola para salir. Escuchará a los que van con él decirle que en pleno transmilenio a esa hora todo el mundo se toca con todo el mundo, pero él va a insistir en que alguien lo tocó y necesita decirle algo a quien haya sido.

Cuando se baje del bus, el hombre y los que van con él se bajen detrás de ella, y dos puertas más allá se baje el Policía, Karen va a girar para devolver la billetera y decirle al hombre que no pasó nada, que se calle y la deje ir. Pero cuando lo mire va a saber lo que significa ser mirada por primera vez en toda su vida. No va a entender por qué el hombre no le tiene miedo ni rabia, por qué no busca intimidarla ni esculcarla con los ojos, no va a saber por qué el hombre sonríe cómo si toda la escena le resultara divertida. Entonces, el hombre le dirá que si necesita lo que hay dentro se puede quedar con todo, pero que él puede hacer algo mucho más grande por ella. Que lo mejor que le puede quitar no son unos cuantos billetes.

A la clínica de Marly llegarán todos. A la habitación de Antonia, la chiquilla que van a visitar en el ala de oncología pediátrica, entrarán todos también. Nadie va a preguntar quien es la muchacha que viene con ellos, y ella no va a preguntar quien es la niña dormida. Solo va quedarse ahí, mirando las miradas del hombre al que le irá quitando de a poquitos, un día tras otro, durante varios años, las palabras que le arranquen del pecho su manía de odiar gratis, y los recuerdos que le curen sus otros recuerdos.

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