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En el grupo de Terapia (Mc 1,9)

El hombre no se veía particularmente imponente. Sí tenía un aire a esos señores que dicen cosas serias todo el tiempo, no necesariamente solemnes, pero sí de esas que en la mitad de una conversación pueden cortar el aire y enviar a todos a pensar por unos cuantos días.

- Bienvenidos. Para quienes no me conocen mi nombre es Juan. Hace un tiempo coordino este grupo de terapia para personas que quieren superar adicciones.
Un coro de voces entonó un uniformado y muy serio:
- Hola Juan.

Era un salón pequeño, sin mayores adornos en las paredes. Un cuadro de una mujer entrando en un río, un aviso junto a la puerta, con letras cortadas a mano en el que se leía “Hoy puede ser el último día de tu vieja vida” y, en la cortina de la ventana, lo que parecían ser trozos de papel con nombres, puestos allí con alfileres.

- Qué bueno que estén hoy aquí. Sé que no es fácil cruzar esa puerta, no solo la primera vez, no, cada vez puede ser más difícil. Lo simple es pensar que no tenemos nada nuevo que aprender, que es mejor conformarnos con lo que somos, administrar nuestra realidad. Pero se nos olvida que siempre hay más, que crecer, se crece siempre, pero no siempre elegimos hacia dónde. Se nos olvida y por eso terminamos un día despertando sin saber quiénes somos, o cómo llegamos a la vida que tenemos…

No me desagrada ese discurso. Me suena raro, pero no me desagrada. Los que hablan a las personas sobre sus comportamientos casi siempre se dedican a tacharlos, a decir que por ahí no es, a advertir de amenazas y peligros, o a vender fantasías, a ilusionar a la gente con promesas que nadie podría cumplir, éste al menos les dice que la responsabildad está en ellos, que para que algo sea distinto hay que pensar de otra manera.

Los asistentes parecen prestarle atención, lo miran concentrados, reaccionan a sus palabras. No pueden evitar que los demás veamos sus reacciones. Estamos sentados en un gran círculo, y las 26, no 27…29 personas presentes nos vemos completamente. Las piernas dejan ver la necesidad, los brazos la disposición, los rostros reflejan historias que parecen causarles mucha tormenta. ¡Cuántos ojos diciendo “quisiera mañana despertar sin sentir esto”! y yo, que no se bien qué pensar, qué sentir o qué esté diciendo mi cuerpo.

- Como cada semana, antes de la charla o las actividades para el tema de la sesión, vamos a pedirles a quienes vienen por primera vez que se presenten. Pueden contarnos quiénes son, por qué llegaron aquí, qué creen que necesitan soltar, y responder algunas preguntas que les surjan a los demás, ¿Está bien? Comencemos contigo.

Señaló con la mano extendida a una mujer, debe tener unos 32 o 35 años. Su ropa parecía minuciosamente elegida para verse descomplicada, como si con cada prenda quisiera decir que no le preocupa mucho cómo se ve. No tenía maquillaje, y mejor, porque se notaba que había estado llorando. Se veía viva, encendida, incapaz de permanecer en lo que fuera que le hacía sufrir. Le costó un poco de trabajo empezar.

- Mi nombre es Amelia.
- Hhhooolllaaa Aaammmeeellliiiaaa.
- Soy una mujer llena de cicatrices. Tengo 28 años. He intentado vivir sola pero siempre fracaso en el intento. Vivo ahora con un primo que me está ayudando a conseguir trabajo. Disculpen si me muevo mucho cuando hablo pero no estoy acostumbrada a que me mire tanta gente. No niego que me gusta hablar de mí, pero nunca en público. No sé si he tenido una vida difícil, pero a mí me cuesta mucho. Tomo trago, soy alcohólica, no sé desde cuándo empecé a probar alcohol. Era niña, no me había desarrollado todavía. A un tío le gustaba darnos a probar cosas a todos los chiquitos de la familia. No recuerdo una época de mi vida en la que no haya estado borracha la mayor parte del tiempo. No terminé la universidad, he perdido trabajos, y casi nadie puede aguantar pasar mucho tiempo conmigo. Cuando bebo soy peligrosa, grito, me dan arrebatos, hago show, nadie me controla. Ya ni siquiera me disculpo porque sé que si la cago con alguien no volveré a ver a esa persona. Gracias a dios no he tenido hijos. Pero quisiera. A veces creo que un hijo sería un motivo para estar sobria. Y vine porque un amigo – uno de los pocos que me quedan – me recomendó hablar con el señor Juan…
- Dime Juan
- Bueno, con Juan…y vine a eso. No tengo nada que perder.

Sentí el impulso de correr a abrazarla, es lo que hago siempre. Hay algo en el contacto que me parece irreemplazable, pero noté que mientras la veían temblar un poco, mover vertiginosamente su pelo, llorar y quebrarse, Juan y los demás la miraban, solo la miraban. Con atención, con compasión, con emociones que hacían cambiar el rostro de todos los presentes, pero con algo así como un profundo respeto por su relato, por su ritmo. Así que me contuve. Me quedé en mi silla y creo que también yo empecé a temblar un poco. Estaba reprimiendo mi necesidad de correr a su necesidad. Dijo que sus cicatrices las llevaba dentro y que eran más feas que si tuviera la cara marcada. Respondió cuando le preguntaron qué cosas la hacían ilusionarse y sonreir, sentí que coincidimos en eso. Y se quedó en silencio.

- Gggrrraaaccciiiaaasss Aaammmeeellliiiaaa
- Sigamos contigo, ¿quisieras presentarte?

La mano de Juan señalaba a Andrés, mi amigo.
Lo conozco hace mucho tiempo. Somos amigos, pero también siento que somos familia. Hemos estado juntos en muchos momentos importantes y en muchos momentos que no parecieron importantes. Hace poco que empezó a sentir que la vida se le salía de las manos, que no podía ser él, que una especie de sombra filada y acusadora le toca la espalda. Así me lo dijo hace un par de días. Sombra filosa y acusadora. Creo que he sentido algo así, aunque yo no hubiera podido usar palabras tan bien combinadas. Andrés habla bien, siempre ha hablado muy bien. Ahora mismo lo escucho y no deja de sorprenderme.

- Soy Luis Andrés.
- Hhhooolllaaa Llluuuiiisss Aaannndddrrreeesss
- Soy un hombre tranquilo, pensativo, introvertido. No me siento raro hablando delante de los demás, pero normalmente me parece innecesario. A veces creo que todo puedo resolverlo en mi cerebro, como si mi vida fuera un rompecabezas o un juego de rummi que puedo organizar, completar y hasta ganar en mi mente, pero luego agarro las piezas, las fichas, y no recuerdo cómo era el orden o las jugadas. Siento que pierdo, que últimamente siempre pierdo. Creo que vivir tanto dentro de mí mismo me ha hecho partirme en pedazos, y algunos de esos pedazos me miran con reproche, me desaprueban, me culpan. Entonces un día empecé a tomar calmantes, cosas para dormir, para dejar de pensar, para distraerme. Primero cuando sentía la angustia venir, luego cuando no quería sentir siquiera, luego fue un impulso automático. Entonces un día noté que deje de estar, ya no entendía las conversaciones, ya no me importaba la gente que me importa, ya no estaba. Sin embargo, algunos siempre estaban, aunque yo no. Uno me acompaña hoy.

Me señaló con la mirada. Solo entonces noté que me estaban sudando las manos y que tenía apretada la frente. Había estado mirándolo con esa seriedad que a Andrés le molesta un poco. Sabe que no hay nada que le reproche, pero no le gusta pensar que sus cosas se convierten en nudos de preocupación en la cabeza de los otros. Odia sentirse una carga. Pero todos somos un poco cargas y cargadores, digo yo.

- ¿Quieres presentarte?

No quería. No me gustan las introducciones. Nunca sé bien qué decir.

- Lo haré. Me llamo Jesús, soy el amigo de Andrés.
- Hhhooolllaaa Jjjeeesssuuusss aaammmiiigggooo dddeee Aaannndddrrreeesss

Me reí, rieron varios. Sentí cómo se soltaba mi frente como quien suelta al llegar a casa los cordones de un zapato que ha estado apretando todo el día. Imagino que bajaron mis hombros porque la mirada de Juan dejó de estar en mis ojos y se puso a los lados de mi cabeza.

- No sé muy bien qué decir. Tengo 35 años, podría decir que vivo solo aunque en realidad nunca estoy solo. La casa es pequeña pero siempre hay gente allí que viene y va. Siempre amigos, mi familia viene poco, hablamos poco, sé que están bien y quizá están mejor porque hablamos poco. Estaba pensando qué decir… tuve mucho tiempo líos con la comida: Qué comer y cuándo comer era un asunto muy importante en mi vida, tan importante que tal vez tenía más cosas prohibidas que permitidas, y más reglas que recetas para lo que sí podía comer. Vivía tenso todo el tiempo, tal vez tuve anorexia, no lo sé, pero sufrí, muchas veces tuve hambre y hastío al mismo tiempo. Podía comer un pan y me sabía a piedras. Estoy dejando de pensar en eso y me ha hecho bien. Por lo demás, me siento conmovido por estar aquí, no solo por Andrés, sino por encontrarme con todos, por imaginar que cada uno tiene una parte de vida a la que quiere despedir desde hoy, como dice ahí en la puerta. Supongo que la parte a la que yo le digo adiós es a esa en la que no los conocía a ustedes, y no me importaban porque no sabía nada. Ahora los veo, ahora sé, y les juro que me importan.

Creo que hablé más de lo que debía. Me pasa mucho. Con frecuencia pienso que debí callar hace minutos, pero habría sido muy tonto seguir hablando sobre lo que pienso acerca de cuando estoy hablando.
No había más gente nueva esta noche. Amelia, Andrés y yo fuimos bienvenidos por el grupo y nos integraron a las actividades que tenían planeadas para la sesión. Tanta búsqueda, tanta vida pidiendo permiso de ser vivida, tanta sed de libertad me movió por completo, me inundó de emociones. Lloré al llegar a casa. Y al final ver mi nombre en ese trozo de papel atravesado por un alfiler fue tan claro, tan diciente: siempre estaré atravesado por las historias de estas personas, por sus nombres, por sus ojos, y sé que nuestra libertad está allí, en sabernos capaces de encontrarla juntos.

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