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En el grupo de Terapia (Mc 1,9)

El hombre no se veía particularmente imponente. Sí tenía un aire a esos señores que dicen cosas serias todo el tiempo, no necesariamente solemnes, pero sí de esas que en la mitad de una conversación pueden cortar el aire y enviar a todos a pensar por unos cuantos días. - Bienvenidos. Para quienes no me conocen mi nombre es Juan. Hace un tiempo coordino este grupo de terapia para personas que quieren superar adicciones. Un coro de voces entonó un uniformado y muy serio: - Hola Juan. Era un salón pequeño, sin mayores adornos en las paredes. Un cuadro de una mujer entrando en un río, un aviso junto a la puerta, con letras cortadas a mano en el que se leía “Hoy puede ser el último día de tu vieja vida” y, en la cortina de la ventana, lo que parecían ser trozos de papel con nombres, puestos allí con alfileres. - Qué bueno que estén hoy aquí. Sé que no es fácil cruzar esa puerta, no solo la primera vez, no, cada vez puede ser más difícil. Lo simple es pensar que no tenemos nada nuevo que apr...

Alguien me ha tocado (Mc 5, 22-43)

Será en los días del distanciamiento, cuando el mundo ya esté separado entre los que pueden darse el lujo de tomar distancia y los que no. Entre los que pueden cuidarse porque cuentan con la extensión horizontal necesaria para hacerlo y los que son lanzados a apiñuzcarse unos contra otros como fósforos de caja, ya sea en buses, mercados, ranchos o camas. Intente usted protegerse de la pandemia en una casa si a eso se le puede llamar casa, de nueve metros cuadrados a ochenta mil el metro en el que viven Yaneth, Boris su señor marido, Libardo su hermano, Karen la mayorcita, Jeison y Jackson los gemelos, Adrián el pequeñito, con Motas y Aquiles (sentado!) los perros. Serán los días en los que Karen cuidará cuánto tapabocas consiga y lo usará hasta para dormir, y especialmente para dormir, así no tendrá que sentirle el aliento grosero a Libardo cuando se le antoje arrimarse para su lado de la cama. Yaneth sale siempre a la madrugada, que tiene que tomar dos buses para llegar al almacén...

Ya duerme dios (Lc 2, 6-7)

Ya despertarás Ya aprenderás a tomar en tus manos la leche y la miel Ya correrás por entre las piernas de todos en la caravana hacia la fiesta Ahora duerme.  Ya abrirás los ojos Ya harás los amigos con los que cantarás otras canciones Ya me pedirás que te muestre qué hay dónde la luz falta Ahora déjame arrullarte.  Ya te irás de aquí Ya abrirás camino para que los zagales que hoy ríen sean pastores de los que lloran Ya podrás repartir tu chocolate y tu pan a los que te escuchen con tanta hambre. Ahora vamos a arroparte. Ya harás nuevas todas las cosas Ya perdonarás lo imperdonable Ya cederás todos los puestos de la fila para ir uno por uno limpiando los pies de todos Ahora besaré tus manos aún intactas.  María mira al cielo, ya rasgado, y comprende que Yavé mismo está entre pajas, frente a sus ojos, y que toda la ayuda que hoy necesita, es que le canten una canción para dormir.

Grieta (2 Cor 5, 17-19)

Cuando Adán dió su último aliento Yahveh se acercó al viejo barro que había moldeado con sus propias manos y se quedó junto a él por un largo rato. Ahora era una tierra gastada, que despedía ese olor propio de la existencia humana: olor a ilusión y deseo, a frustración e inconformidad, a júbilo y miedo. No era el color de la tierra nueva de aquel día en que fue hecho. Ahora tenía tonos y matices adquiridos en el roce con la vida, en la fantasía de haber criado unos hijos, en la fiesta de haber amado una mujer, en la batalla de lograr el pan y en la satisfacción de masticarlo. No era la superficie lisa y por estrenar que alguna mañana recibió el soplo divino en medio del edén. Era una figura llena de pequeñas fisuras que jamás se repetirían en ningún otro ser humano, pues cada grieta era una huella de lo pensado, de lo elegido, de lo amado y lo perdido, porque cada línea en aquella tierra seca era una señal de esa autenticidad recibida en el mismo instante en que el barro cobró vida. Cu...

La última Carta de don Gregorio (Lc 15, 11-32)

Setenta y cuatro cartas escribió a su hijo Mario el Señor Gregorio Aponte durante los dos años en los que no tuvo contacto con él. Cada carta tenía el mismo comienzo y el mismo final. Cada carta estaba igualmente interrumpida en algunos trozos, por las gotas de llanto que le era inevitable dejar escapar y que terminaban secándose sobre el papel, convirtiendo la hoja plana en una especie de geografía del dolor y del amor, con pequeños montes en los que las letras se volvían ligeramente borrosas o parcialmente más grandes que en los espacios de la hoja en los que las palabras no habían tenido la suerte de ser escritas con algo más que tinta. Setenta y cuatro cartas habían sido el último recurso para tratar de tocar en la distancia a ese pedazo de sí mismo que le huía, a esa otra vida que se le escapó de las manos como a tantos padres, como a todos los padres, porque ser padre es crear la cercanía suficiente con los hijos, dándoles cada cosa que les haga crecer y hacerse grandes, de mane...

Jacobo (Santiago) duerme sobre una Piedra (Jn 13 / Gn 18, 10-19 . 32, 22-31)

El último hombre en cruzar la puerta de la habitación en la que todos los demás ya estaban sentados fue Santiago, traía la mano derecha ensangrentada por una leve cortada que le habían hecho con un puñal a unas cuantas calles de ahí. Llegó corriendo, sudando, agitado, le tomó unos minutos recuperar el aliento y el ritmo corporal para poder hablar y contar lo que había sucedido. María su madre y Salomé corrieron a traer agua y aceite para limpiar la herida y calmar el dolor, mientras que los demás lo miraban con impaciencia esperando el momento en que empezara a contar lo que le había sucedido. Las mujeres bañaban su mano cuando empezó a decirles que en cuanto vio que se acercaba el atardecer se despidió de sus tíos y primos, con los que se había encontrado a la salida del templo y que habían subido a Jerusalén para celebrar la pascua. Un grupo de sus primos, 3 que rondaban los 30 años actuaban un poco extraño, miraban sospechosamente a su alrededor a cada instante y tenían el color de ...

Ahí está tu Corazón (Mc 10, 17-23)

Metió la llave despacio en la puerta, escuchando cada golpecito de las formas montañosas del metal contra los mecanismos de la cerradura, no porque no quisiera ser escuchado, como quien llega a su casa después del silencio de la noche y no quiere o no debe interrumpir el sueño de los que ya están dentro, sino precisamente por lo contrario, porque quería escuchar perfectamente cómo sonaba el proceso completo de abrir la puerta de par en par. Una vez la ranura había sido ocupada por completo, giró la muñeca con un seco placer de un solo golpe, y todos y cada uno de los espacios en sus pulmones se llenaron de un aire refrescante de orgullo, de satisfacción. Empujó la puerta sin aún mover ni un milímetro los pies y se quedó firme conquistando el espacio con su mirada. Apenas si tenía 25 años a punto de ser cumplidos y esta era la confirmación de que lo tenía todo. Era un martes, 8 de la noche, algunos de sus amigos y su novia le habían dicho que lo acompañarían en el momento en que fuera...